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El Lazarillo: nuevas y viejas atribuciones

Posted by Pedro Ferreira en abril 3, 2010

Se ha levantado nuevo revuelo en la prensa con la sensacional nueva de haber encontrado por fin al autor del Lazarillo. La editorial Calambur ha publicado la obra de investigación de la historiadora Mercedes Agulló, A vueltas con el autor del Lazarillo, prologado por el profesor Pablo Jauralde Pou, donde se presume que Diego Hurtado de Mendoza sería el autor de la novela que inaugura el género picaresco y abre las vías a la creación del Quijote.  No es la primera vez que se presentan pruebas “definitivas” de la  autoría de las fortunas y adversidades del más célebre pícaro de los siglos áureos, Lázaro de Tormes, el pícaro por antonomasia.

La atribución se basa en el hecho de haber encontrado en el inventario del abogado Juan de Valdés, testamentario de Juan López de Velasco, a su vez administrador de la hacienda de Diego Hurtado de Mendoza, una colección de documentos de este último: “Uno de estos cajones contiene inequívocamente las correcciones del Lazarillo, junto con las de la Propalladia de Torres Naharro”, anuncia Jauralde (1). Esta deducción proviene de dos líneas en esos documentos: “UN LEGAJO DE CORRECCIONES HECHAS PARA LA IMPRESIÓN DE LAZARILLO Y PROPALADIA”. No obstante, como la propia investigadora previene, debería tomarse con precaución el hallazgo presentado y quizás dejarlo donde ella misma lo pone, en el de la hipótesis: “desde luego, nada puede darse como absolutamente definitivo, pero el hecho de que el legajo con correcciones hechas para la impresión de Lazarillo se hallara entre los papeles de don Diego Hurtado de Mendoza, me ha permitido desarrollar en mi libro una hipótesis seria sobre la autoría del Lazarillo, que fortalecida por otros hechos y circunstancias apunta sólidamente en la dirección de don Diego” (2).

La tradición de la anonimia y los pseudónimos.

Como tantos otros libros de la época, La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, vio la luz de forma anónima. Las primeras ediciones conservadas son de 1554 realizadas en lugares tan distintos como alejados: Burgos, por Juan de Junta; Amberes, por Martín Nucio; y Alcalá de Henares, por Salcedo. Recientemente se ha descubierto una cuarta  impresa en Medina del Campo (3). En ninguna de ellas se señala autor. La anonimia era moneda corriente en el siglo XVI, en unos casos descuidada por los autores, disimulada por los mismos o apetecida por necesaria dados los tiempos que corrían. La anonimia tiene tradición en la literatura española, desde los juglarescos cantares de gesta o romances hasta La Celestina, siendo uno de los principales problemas filológicos asignar una filiación a los textos y manuscritos. Caso excepcional es la obra colectiva impulsada en la Escuela de Traductores de Toledo por Alfonso X. En algunos casos el autor se presenta en el mismo texto más o menos disimuladamente (Juan Ruiz o Fernando de Rojas, por ejemplo). En otros casos el autor considera conveniente disfrazar de pseudónimo su paternidad (por ejemplo, también del siglo XVI, Cristophoro Gnophoso nombre que se ha atribuido a Cristóbal de Villalón y autor entre otros libros de El crotalón, o el caso de Marfira que debe firmar con ese nombre para ocultar su identidad por ser mujer). Pero hay otros muchos libros que se dan a la imprenta sin nombre de autor. Una obra contemporánea del Lazarillo, La historia del Abencerraje y la hermosa Jarifa, es igualmente anónima. No es necesario recordar también el anonimato de las primeras novelas de caballería o algunas obras en la línea de La Celestina como la Comedia Tebaida, la Comedia Hipólita o la Comedia Serafina. Esto por no hablar de la poesía, considerada en la mayoría de los casos como poco interesante para impresión como obra independiente: la mayor parte de los poetas son recopilados en las antologías denominadas “cancioneros” y muchas de sus creaciones circulaban en pliegos sueltos.

El Lazarillo se inserta en esta costumbre. O en esta necesidad. El contenido de la obra ha dado para analizar esta anonimia como intencional para evitar problemas con las autoridades. En efecto, nuestra obrita, así como un segundo Lazarillo, fue incluida en el famoso Índice de libros prohibidos del Santo Tribunal en 1559. Precisamente Juan López de Velasco, el administrador de Hurtado, es el encargado de expurgar el texto para que pueda ser autorizado. Se publica en 1573 con el título Lazarillo de Tormes castigado. El castigo consistió en suprimir los episodios y escenas irreverentes. El temor a la Inquisición es causa suficiente para ocultar un nombre en esa época en España. A los problemas para demostrar el arraigo cristiano hay que añadir los peligros que mostrar ideas reformadoras podía acarrear. Judíos y musulmanes se enfrentaban a una dura alternativa: conversión o expulsión. Cualquier crítica a las costumbres de la jerarquía católica se percibía no como una denuncia de inmoralidad sino como un signo de herejía protestante. Y ahí había llamas de por medio.

Cinco de los nueve amos son eclesiásticos y ninguno de ellos sale bien parado de la mordaz crítica de la novela: “No cabe duda de que el autor apunta hacia el lado religioso con toda esta exploración implacable de la maldad humana, prueba abrumadora de la ausencia de caridad en el seno de una sociedad muy orgullosa de titularse cristiana” (4). Este anticlericalismo de sus páginas ha inevitablemente disparado desde siempre hipótesis acerca de los orígenes de su autor. Américo Castro apostaba por un judío converso, Claudio Guillén por un morisco, Francisco Rico postuló un escéptico, Manuel J. Asensio propuso un iluminista y Márquez Villanueva un erasmista, tesis que rechaza el experto en erasmismo Marcel Bataillon, considerando este anticlericalismo de tradición medieval. Sea como sea, todas estas filiaciones serían causa suficiente para entrar en la nómina de la Inquisición por la puerta de los reos y motivo más que justificado para dejar en blanco la casilla de autor en el libro impreso: “El Lazarillo estaba avocado al anonimato” (5).

El concepto de autoría y la imprenta

Ninguna de las ediciones de 1554 es la primera edición, tratándose de reediciones. Pedro Piñero sintetizó así las investigaciones siguiendo a Francisco Rico: “1) los tres textos de 1554 son independientes:  ninguno puede ser fuente de los otros dos; 2) los de Alcalá y Amberes son ramas de una misma familia; 3) los tres proceden de ediciones perdidas, no de manuscritos; 4) las ediciones posteriores a 1554 descienden de la de Amberes,  no de textos perdidos” (6). Cuando hablamos de autor inevitablemente partimos de una concepción actual del término. No obstante, este concepto no es necesariamente igual en todos los tiempos y así se revela en las distintas épocas de la literatura hispánica desde sus propios orígenes. De una autoría disuelta en la colectividad (cantares de gesta, lírica temprana, romances, poemas hagiográficos, autos teatrales) se va pasando paulatinamente a un reconocimiento personal, a una individual voluntad creadora. No obstante, esta individualización se corresponde con un sentido ético del deber, moralizante en unos casos, pedagógico incluso, divulgador, a veces satírico. Raro es que un autor se reclame, estando su obra al servicio de la colectividad. La aparición de la imprenta y la revolución tecnológica e intelectual que supuso acentúa el concepto del yo creador durante el siglo XVI. No obstante la mancha del “escritor de servicio” se extenderá aún varios siglos. Notables casos son los autores religiosos que justifican sus escritos por “obediencia”. Particularmente en el caso de ser mujer, como Teresa de Ávila y otras tantas, se ven necesariamente obligadas a dicha declaración previa en la exposición de sus ideas. Es pues una herencia de la antigua “utilitas” de las disciplinas humanísticas. Un ejemplo significativo nos lo ofrecen las novelas de caballería que como eternos culebrones se van sucediendo en volúmenes unas a otras como continuaciones sin importar la signatura (el Amadís, por ejemplo, continuado por Montalvo, pero también otras muchas obras como las distintas continuaciones de La Celestina). El mismo Lazarillo se vio continuado en una versión curiosamente alegórica sin gran cosa que ver con el original en 1555: La Segunda parte de la vida de Lazarillo de Tormes. Ya en 1620 apareció una tercera versión firmada por un profesor de español protestante en París, Juan de Luna. También se usa la popularidad del título para nombrar otras obras de escaso parentesco con el original: Lazarillo de Manzanares de Juan Cortés (1620) o los Lazarillo de Badalona, Lazarillo de Duero… Esta manía continuadora independiente del autor culmina con el Quijote de Avellaneda. En este caso Cervantes se reivindica como autor verdadero del Quijote escribiendo una segunda parte verdadera más por reacción al trato que le da el continuador que por los derechos de autor en sí. Otra manifestación de este sentido de la autoría es el que conecta con la tradición de la “imitatio”, como es el caso de las distintas versiones literarias de la figura del Don Juan, en España y fuera de ella. El autor crea y comparte y la obra pasa a ser fondo común, se refunde y se recrea.

El yo se manifiesta más fuertemente en los impresores, interesados en difundir su trabajo y su negocio editorial. Así no sorprende que Salcedo haga modificaciones en el texto del Lazarillo a fin de dotarlo de novedades frente a otras ediciones. Según él es segunda impresión corregida y aumentada (7). Esto muestra la libertad con que los impresores trataban los textos para difundirlos en un modelo nuevo aún y con escasa regulación. Entre estas primeras ediciones conocidas y la edición prínceps existieron al menos otras dos impresiones intermedias que se desconocen. Nadie puede asegurar que no se hicieran modificaciones también en ellas alterando el manuscrito original. Tampoco se conocen reacciones del autor a estas alteraciones de su texto por lo que se supone que concordaban con sus fines. Entregar un texto a la imprenta suponía pues en la época aceptar de algún modo que el texto pasaba a patrimonio común. No importaba tanto la mano como la letra impresa para su difusión. Cuatro ediciones en un mismo año y una continuación al año siguiente presuponen un cierto éxito temprano, relativizado porque no se conocen más reimpresiones en los 4 años hasta el de su prohibición expresa en 1559. Quizás el largo dedo de la Inquisición ya señalaba el texto de la obrita y por eso los impresores añadan la versión apócrifa en 1555. Hasta la versión expurgada de 1573 no hay nuevas ediciones. Este rápido éxito lleva a los críticos a postular una primera edición entre 1552 y 1553.

Por otro lado, el estudio detallado de las referencias textuales a hechos reales acaecidos en la España del XVI (el episodio de los Gelves, la prisión del rey de Francia, la hambruna de Toledo, la prohibición del cambio ventajoso, el solar…) llevan a la probabilidad de una redacción de la obra entre noviembre de 1551 y el año de la primera edición (1552 o 1553). (8). La datación de la composición de la obra es importante para la verosimilitud de una u otra atribución de autoría, ambos problemas estando lógicamente imbricados.

Las atribuciones del Lazarillo

Desde temprano se ha buscado, hasta ahora en vano, y discutido la autoría de la mano que inauguraba el género picaresco. El primero en hacerlo fue el P. José de Siguenza en su Historia de la Orden de San Jerónimo de 1605, donde reclama la autoría para fray Juan de Ortega, de su época de estudiante en Salamanca, en cuya celda se habría encontrado el manuscrito. Desacreditada esta hipótesis desde el principio ha sido de nuevo valorada por Bataillon que la juzgó plausible, especialmente por el carácter crítico de los jerónimos ante la falta de caridad que recorría la sociedad del momento hasta el punto de que Siguenza incluso recomienda su lectura. No obstante la circulación de obras en manuscritos era moneda habitual en el Siglo XVI, aún no desembarazado totalmente de las viejas costumbres medievales. Cientos de obras fueron así falsamente atribuidas.

Dos años más tarde se cita por vez primera la paternidad de Diego Hurtado de Mendoza en el Catalogus clarorum Hispaniae scriptorum del flamenco Valerio Andrés Taxandro y también en 1608 lo cita así Adré Schott en su Hispaniae Bibliotheca datándolo de sus años de estudiante de derecho civil en Salamanca. Esta atribución fue aceptada hasta que Morel-Fatio en 1888 la discutió. Además del silencio de los primeros biógrafos y editores de su obra, que nada dicen al respecto, señala Bataillon en continuidad con Morel-Fatio que la atribución data de medio siglo después de la publicación y viene dada fundamentalmente por la leyenda personal que se había forjado en torno a don Diego como enfant terrible. No es esta la única obra que se atribuyó al autor de la Historia de la guerra de Granada.

Otras atribuciones peregrinas se han hecho a lo largo de los siglos. En 1657, unos versos la atribuyen a una cofradía de pícaros y el deán de Peterborough se lo adscribió a un grupo de obispos españoles  en viaje a Trento. Fonger de Haan ha extremado el autobiografismo identificando a Lázaro con un pregonero real del Toledo de 1538, homónimo del autor de los pasos Lope de Rueda. En 1955, Marasso insinúa al soriano Pedro de Rúa como posible autor, como Rumeau ha sugerido a Hernán Núñez de Toledo a partir de alguna frase del libro pero sin mayor consistencia.

Las huellas o los papeles

Morel-Fatio apuntó más hacia el análisis contrastivo del texto, las huellas estilísticas y de contenido que de él se desprenden, que hacia testimonios difusos dada la ausencia de evidencias escritas fiables, directas o indirectas. Concretamente, por el espíritu y la letra, dirigió a los investigadores hacia el círculo de los Valdés e incluso hacia los mismos Alfonso y Juan de Valdés. Modernamente, Manuel J. Asensio recoge esta idea y le parece que el Lazarillo concuerda con el ideario del Diálogo de la Lengua y con el del Diálogo de la doctrina cristiana. A este respecto también concuerdan los de Alfonso. Pero las concordancias aducidas si bien válidas son generales o lugares comunes. Además la identificación del Duque de Escalona con Don Diego López Pacheco no deja de ser una conjetura. Como señala Francisco Rico esta hipótesis contradice la redacción tardía de hacia 1553.

A pesar de que Bataillon aleja al autor de todo erasmismo, la crítica no ha parado de relacionarlo y de buscar candidatos que profesen cerca del humanismo del autor del Elogio de la locura. Así José Luís Madrigal considera a Francisco Cervantes de Salazar digno de tal honor y analiza para ello concordancias entre el Lazarillo y la Crónica de Nueva España y las compara con otras obras de la época. Clark Colahan y Alfred Rodriguez por su parte hacen lo propio con su candidato, Juan de Maldonado, corresponsal de Erasmo en España, que por otro lado sólo escribió en latín.

Por su parte Cejador en su edición de 1914 de la novela se decantó por la candidatura de Sebastián de Horozco que ya había sido sugerido por José María Asensio, editor de su poesía. Y aunque por razones de datación, otro editor de Horozco, Cotarelo, lo rechaza de plano, Márquez Villanueva ha aducido semejanzas de temas, tópicos y recursos literarios. Sin embargo un cotejo adecuado del Lazarillo con los escritos de Horozco no resiste la comparación: “frente a la contenida recreación que del habla popular ofrece la novela, el texto dramático la caricaturiza acentuando los rasgos vulgares y arcaicos […] ni en las demás páginas del Cancionero, ni en el Libro de proverbios, ni en las Relaciones toledanas, hay nada equiparable a la lengua del Lazarillo”. (9).

El afán por encontrar un autor ha obsesionado a los investigadores hasta el punto de buscar claves ocultas en el texto (10). Ya Madrigal veía un signo en la firma latina de su candidato (SaLAZARUS). La más firme defensora de Mendoza, Erika Spivakovsky, además  de aducir una carta de Hurtado donde habla de un libro de “necedades”, cree ver un paralelismo simbólico entre la vida del escritor y la propia trama del Lazarillo e incluso involucra en ella al Duque de Alba como antagonista de Hurtado. Abrams abunda en la idea de que Mendoza disimuló su presencia mediante procedimientos criptográficos y se las arregla para encontrar en las primeras palabras del libro su nombre y sus pseudónimos no creyendo esta presencia oculta una coincidencia.  Aubrum también rastrea en la autobiografismo del texto aspectos coincidentes con la vida de Hurtado de Mendoza. Por su parte Brenes considera que el libro tiene oculta toda una nómina codificada de personajes reales de la corte de Carlos V, lo cual justificaría el anonimato por razones de seguridad. El autor sería sin embargo Gonzalo Pérez, autor de La Ulixea, y Lázaro sería el contrapunto de Telémaco y Ulises. Por postular se ha postulado también la autoría de Fernando de Rojas, el autor de La Celestina, y hasta de Torres Naharro, el de la Propalladia cuyo manuscrito manipulaba junto al del Lazarillo Juan de Velasco para darlos a la imprenta.

Un problema abierto

Ramírez López estudia a fondo la sucesión de atribuciones al lado de las cuales se ha ido posicionando la crítica filológica a lo largo del siglo pasado. Parece que el estudio de la huella del autor en el texto y otros textos posibles contemporáneos está lejos de cerrarse: son muchos y diversos los elementos coincidentes y divergentes al mismo tiempo. De ahí que sea tan fácil proponer y descalificar candidatos.

La investigación más reciente, anterior a la de Mercedes Agulló, es la de Rosa Navarro Durán que se decanta inequívocamente por Alfonso de Valdés e incluso ha reeditado la obra dos veces dándolo como autor cierto. Esta proposición también levantó en su momento el mismo revuelo en la prensa no especializada. Ahí es nada, encontrar por fin y definitivamente al autor del Lazarillo, un enigma literario que quedaba resuelto. El propio Ramírez López en su artículo se encarga de desacreditar esta investigación bastante ad hoc en sus argumentos.

Parte Navarro (11) de la idea de que el libro se editó sobre 1530 fuera de España, que en prólogo se exponía el programa o argumento de la obra y que era peligroso en sus ideas y en consecuencia se arrancó una página del único ejemplar que se conservó. Nada se sabe de los otros ejemplares ni de su forma de desaparición. Todo ello no deja de ser una especulación como es obvio pues no aporta ninguna prueba. Por otro lado, interpreta el pronombre “ella” de una frase del último tratado como referido al “Vuestra Merced” a quien va dirigido epistolarmente el texto, en lugar de cómo se ha interpretado hasta ahora, referido a la mujer de Lázaro, aduciendo cuestiones de decoro (uso del término “parir”, supuestamente ofensivo para la mujer). El “Vuestra Merced” no sería pues el arcipreste, con quien habla Lázaro,  y por consiguiente el destinatario de la misiva se trataría de una mujer. El interés de esta en el “caso” que Lázaro esclarece con su escrito, que él no hace pues no sabe escribir y sería una declaración tomada por un escribano, es el mantenimiento del secreto de confesión con su confesor, el arcipreste amo de Lázaro. El tema del libro es pues la confesión y por ahí vendría el erasmismo de la obra. Además Navarro relaciona el apelativo de Lázaro con el duque de Alba: de Tormes > de Alba de Tormes > del palacio de los duques de Alba > Pedro Álvarez de Toledo y Zúñiga, en cuya biografía habría concomitancias con las fechas del Lazarillo y la biografía de Alfonso de Valdés. Lázaro sería una transposición literaria del bufón de Carlos V puesto al servicio del de Alba. Esta asociación tendría la función narrativa de situar la obra en el tiempo. Por otro lado la obra tendría una base real, origen de la atribución a Alfonso de Valdés, a quien su amigo Juan Dantisco le habría confiado por carta una información relevante: la relación del obispo de Osma, confesor del Emperador, con María de la Torre de cuyo amancebamiento tuvo dos hijos. Valdés se habría inspirado en un relato del Novellino de Masuccio Salernitano para dar literatura a estos hechos. Por otro lado una posible errata (“bincar” por “braçar”) lleva a Navarro a postular que el autor, Alfonso de Valdés inequívocamente ya para ella, se habría inspirado para la escena del niño negro asustado de su padre negro de la Ilíada. Para confirmar su autoría investiga las posibles coincidencias tópicas, léxicas y sintácticas del Lazarillo y los diálogos de Alfonso de Valdés con otras obras de su tiempo, pero curiosamente no entre ellas. Como en otros casos las coincidencias son un punto débil para una demostración de autoría categórica, especialmente cuando las aducidas son rastreables en muchos otros textos. También Navarro considera que Valdés cifró su nombre, en este caso en las tres primeras y las tres últimas letras del título (la vida = lav = val; adversidades = des). Para Navarro, Alfonso se retrata intelectualmente en el libro.

El éxito mediático de esta atribución, apoyada por Goytisolo por ejemplo, ha sido sin embargo muy contestada por la crítica académica. Se aprecia especulación, falta de pruebas, vagas generalidades manejadas a conveniencia, selección en los datos sin valorar otros, interpretación errónea de su lectura y falta de método crítico. Valentín Pérez Vénzalá habla incluso de “un claro interés comercial más que filológico”.

La investigación de la profesora Mercedes Agulló también ha tenido enorme repercusión mediática no especializada. De momento su posición parece menos soberbia que la de la profesora Navarro y parece no asumir la parte especulativa al basarse en un intenso trabajo de archivo. Falta ver la reacción de la crítica filológica. Habrá que ver cómo se sortean las objeciones que ya se han realizado a la presunción de autoría de Mendoza y cómo se explica el resto de problemas que ello suscita. Ya era sabido que Velasco publicó el libro mutilado siguiendo indicaciones precisas del Tribunal. También se ha destacado la más que probable circulación manuscrita del libro antes y después de su impresión (12). En principio, podría pensarse que el punto fuerte que avalaría la autoría de Hurtado de Mendoza, la frase del inventario reproducida arriba, podría al mismo tiempo ser causa de descarte con igual lógica: ¿por qué el Lazarillo sería manuscrito atribuible a Hurtado y no la Propalladia? ¿Por qué este era de simple lectura para el candidato y no el Lazarillo? Parece que el enigma de su autoría continuará por el momento abierto.

Notas

(1)     Jauralde.
(2)     Berasategui.
(3)     Navarro.
(4)     Márquez.
(5)     Rico, editor de Lazarillo…
(6)     Piñero. Habría que añadir la edición impresa en Medina del Campo, descubierta recientemente.
(7)     Rico, ed.
(8)     Id.
(9)     Id.
(10)    Ramírez López, Alborg y Piñero para una visión de conjunto.
(11)    Navarro para su posición; más documentación en línea en la web de la profesora;  Ramírez López y Pérez, para visión de
conjunto y crítica.
(12)    Rico, Problemas...

Referencias básicas

Alborg, J. L., Historia de la Literatura Española. Tomo I: Edad Media y Renacimiento, Gredos, Madrid, 1970.

Berasategui, Blanca, El Lazarillo no es anónimo. La paleógrafa Mercedes Agulló documenta que su autor es Diego Hurtado de Mendoza, El Cultural de El Mundo.

Blecua, J. M. ed., La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, Clásicos Castalia, Madrid, 1975.

Calambur, Novedad Biblioteca Litterae: A vueltas con el autor del Lazarillo.

Jauralde Pou, Pablo, Primera documentación sobre el autor del Lazarillo.

Jones, R. O., Historia de la literatura española 2. Siglo de Oro: prosa y poesía, Ariel, Barcelona, 1978.

López Estrada, Francisco, Introducción a la literatura medieval española, Gredos, Madrid, 1979.

Navarro Durán, Rosa, El conquense Alfonso de Valdés autor del Lazarillo de Tormes. Lección inaugural del curso 2009-2010, UNED de Cuenca, 2009.

Márquez Villanueva, Francisco, Espiritualidad y literatura en el siglo XVI, Alfaguara, Madrid, 1968.

Pérez Vénzalá, Valentín, El Lazarillo sigue siendo anónimo. En respuesta a su atribución a Alfonso de Valdés.

Piñero, P. M., “Lazarillo de Tormes”, en Francisco Rico, Historia y crítica de la literatura española. Vol. 2 siglos de Oro: Renacimiento a cargo de Francisco López Estrada, Editorial Crítica, Barcelona, 1980.

Ramírez López, Marco Antonio, Fortunas y adversidades de la autoría del Lazarillo de Tormes y la postura de Rosa Navarro Durán, Signos Literarios 4 (julio-diciembre, 2006), 9-43.

Rico, Francisco, La novela picaresca y el punto de vista, Seix-Barral, Barcelona, 1973.

Rico, Francisco, Problemas del Lazarillo, Cátedra, Madrid, 1988.

Rico, Francisco ed., Lazarillo de Tormes, Cátedra Letras Hispánicas, Madrid, 2005.

Wikipedia, Lazarillo de Tormes.

 

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