Blog de la Biblioteca Municipal de Alange

Espacio dedicado a difundir la actividad de la biblioteca y foro de discusión sobre la cultura en general.

Archive for the ‘Arte’ Category

Pintura, arquitectura, modelado, fotografía y demás batiburrillo artístico.

Visita del Club de Lectura al Museo Romano de Mérida

Posted by Biblioteca Alange en enero 27, 2014

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Aquí os dejo las fotos de la visita del pasado sábado al Museo Romano de Mérida con el Club de Lectura. Todo un éxito gracias a las explicaciones de nuestro guía, Juan Diego Carmona, a quien le agradecemos su colaboración y compromiso permanente con la biblioteca.

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“EL vendedor de humo” Mejor Corto de Animación en la Gala de los Goya

Posted by Biblioteca Alange en febrero 18, 2013

 

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http://youtu.be/dwWqMgddes4   Pinchad aquí para verlo

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Edward Hopper: “Nighthawks”. Hoy leemos un cuadro.

Posted by Paqui Zurita en septiembre 17, 2012

Los halcones de la noche

Nighthawks

Edward Hopper, 1942

Óleo sobre lienzo. 72,2 x 174 cm.

Instituto de Arte de Chicago, Estados Unidos

 

   La escena que nos presenta Hopper nos perturba e inquieta. Es una especie de ventana indiscreta abierta ante nuestros ojos. Se trata de un diner,uno de esos restaurantes prefabricados con amplias cristaleras y los típicos asientos circulares anclados al suelo. Para su localización el pintor estadounidense se inspiró en el Distrito histórico de Greenwich Village, bastión de la cultura artística y bohemia del lado oeste de Manhattan, y donde se inició el movimiento de liberación gay en 1969. Es de noche. La intensa iluminación del local se proyecta como un espectro sobre el acerado de la solitaria calle y la fachada del único edificio que nos muestra al otro lado, del que alcanzamos a ver una caja registradora tras el vacío escaparate de la tienda. El resplandor de las luces del interior del bar nos permite ver un anuncio de los puros norteamericanos  Phillies coronando la fachada.

   En el interior, sólo cuatro personas: tres clientes y un camarero que viste de blanco y se afana tras la barra, tal vez preparando una copa o fregando platos. Las dos figuras masculinas visten con trajes oscuros de chaqueta, según la moda de la época, y cubren sus cabezas con sombreros. La mujer lleva suéter carmesí y el pelo rubio suelto cayendo sobre su espalda. Uno de esos hombres está sentado, de espaldas a nosotros, cabizbajo, parece ensimismado, como el único ser de una tierra no habitada en una sempiterna espera. Frente a él, en el otro lado de la barra triangular del bar, hay una pareja, aparentemente también sentada. No se miran, parecen pensativos, alejados de un mundo donde el silencio ahoga sus voces ante dos tazas de café. El casi imperceptible gesto de sus manos, tan próximas, los delata, pero no hablan entre ellos. Él fuma, ella tiene algo en su mano derecha: un pretexto para detener su mirada. ¿Habla con ellos el camarero? Son los “halcones de la noche”: los solitarios de la gran ciudad donde, a primera vista, la soledad parece imposible, pero es real. Eso es lo aterrador, es la imagen de unos seres humanos que habitan un mundo en el que nada tienen que decir, nada que compartir. Son personas que salen al anochecer buscando compañía, un auxilio que no encuentran aunque estén acompañados. Fríos, como la luz que los inunda. Solos, como lo está la calle a la que tal vez no se atreven a salir. Es el espejo al que nos enfrenta Hopper, en el que nos obliga a mirarnos más allá de nuestra cómoda y segura apariencia, aquella que mostramos para esconder ante los ojos ajenos nuestra verdadera identidad y fragilidad.

   Son personajes que sufren de manifiesta soledad, perdidos en la ciudad, en espacios que dan una impresión de tristeza total. Las luces brillan en el interior del bar pero no en ellos. Es la imagen de los habitantes de la gran metrópoli, ensimismados en sus propias pensamientos o simplemente vacíos, hastiados de una realidad que ha dejado de ser humana, que ha pulverizado todo sentimiento, simplemente porque no tienen cabida en esa selva de asfalto. No lo saben. Deambulan perdidos sin querer preguntarse el porqué sus pasos los conducen ante una copa y un cigarrillo, buscando la compañía de seres solitarios como ellos, que acodados sobre la barra de cualquier local, posan sus miradas ensimismadas ante cualquier objeto que les sirva de excusa para no enfrentar sus rostros y miserias cotidianas. El miedo los paraliza, les convierte en muñecos de cera o meros maniquíes expuestos en un escaparate de amplias cristaleras. Las luces del diner, que se proyectan sobre la calle solitaria, potencian aún más tan desoladora escena. Hopper crea una intemporalidad, un vaciado del tiempo, la escena se congela, todo es silencio alrededor. 

   Hopper no cuenta la noche sino la sensación que produce la noche, esto último está más cerca de la realidad, lo primero es una copia. Aquí radica el precepto que acompaña la pintura de Hopper, que estaba interesado en las formas y materiales de las calles de la ciudad y edificios de piedra, ladrillo, asfalto, acero y cristal y el efecto de la luz que incide sobre ellos. La luz era la más potente y personal de los medios expresivos de Hopper. Él la utiliza como un elemento activo en sus pinturas, define las horas del día, establece un estado de ánimo y crear un drama pictórico mediante el contraste con las zonas de sombra y la oscuridad. 

   Hopper nos muestra al americano medio, aquel que no es rico ni pobre, libre ni esclavo, con sus anhelos y pesadillas, hombres y mujeres que perfilaron una clase media en transición desde un capitalismo productivo al de consumo. Un hombre medio apático, sin atributos, anestesiado. Los personajes que pueblan los cuadros de Hopper son antihéroes, escasos de originalidad, seres atribulados y grises que perdieron la batalla de conquistar sus propios sueños en pos de una estrecha realidad de bajos vuelos,  criaturas que deambulan perdidos en laberintos infinitos sin conocer jamás el motivo de su tormento. Edward Hopper ambienta sus pinturas en hoteles anónimos, solitarios, donde hombres y mujeres de paso, se preguntan por el sentido de sus existencias, con la mirada opaca, el cuerpo abatido; transeúntes que recorren calles con luces de neón, oficinas, restaurantes de mala muerte, perdidos. Protagonistas del sueño americano, aquel de las promesas del éxito esquivo, cuyas esperanzas de ser alguien se deshoja entre la incertidumbre y la mediocridad en un recorrido tan interminable como estéril. Se trata de individuos que dependen de la opinión de aquellos que los dirigen, buscando su aprobación, ansiosos e inseguros. Son los que la televisión los distrae, al igual que la innovación tecnológica con su panoplia de artefactos desechables. Viven en lugares donde transcurren sus vidas en la incertidumbre, en vez de la seguridad, bajo el modelo capitalista que anuló la seguridad en el trabajo, donde al regresar a casa teme que ésta pueda haber sido tomada. Es la clase media que rehúye preguntarse qué hay más allá, donde la diversión doblega la lucidez, la que piensa en términos privados en vez de públicos, aquella que tiene una coartada cuando suena la hora del coraje cívico. Hopper que retrata todo ello es como el alma de un periodista, es como un apóstata de las convenciones. Hopper nunca intentó “reproducir” el ambiente norteamericano: “Siempre he querido expresarme a mí mismo”, comentó en varias ocasiones. Piensa que la peculiaridad del arte americano está –o debería estar- en el pintor y en su pincel, nunca en la agenda de un secretario de cultura, ni en un programa de reactivación económica.

   A lo largo de su vida depuró su trazo pero nunca abandonó el estilo figurativo. Algunos motivos son recurrentes: las ventanas, las escaleras, las cortinas –por lo general en movimiento-, los faros, los túneles, los postes telegráficos, los puentes y los umbrales. “Es muy difícil pintar a la vez un interior y un exterior”, repetía este artista. A Hopper no le interesa el movimiento sino la pausa. Siempre nos presenta el escenario donde el hecho ocurrió o está por ocurrir. Lo que quiere expresar siempre va más allá de la imagen. Prefiere los momentos de aislamiento, de intimidad, de vacío sensorial. Ante todo nos acerca “un mundo de cosas frías y rígidos encuentros entre maniquíes vivientes”, como dijo Enrique Lihn en uno de sus poemas. “Nunca pude pintar lo que me había propuesto”, reconoció Hopper en su vejez. Tal vez sea eso lo que nos atrae de sus pinturas: la frustración, la posibilidad truncada, lo que no pudo ser.

   Las pinturas de Edward Hopper, las fotos de Robert Frank y otros, capturan estas escenas. Arthur Miller en su Muerte de un viajante, como pocos, desentraña el talante emocional de esta gente de paso, son los Willy Loman de la vida, con sus sueños rotos, Hopper los conoce bien y por eso los elige para pintarlos. La obra de Hopperinspiró e influyó sobre la cinematografía. Títulos, entre otros, como Dinero caído del cielo (Herbert Ross, 1981),  Scarface (Howard Hawks, 1932), Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), Terciopelo azul (David Lynch, 1986), Nubes pasajeras (Aki Kaurismäki, 1996), o Mi vida sin mí (Isabel Coixet, 2002). Directores de cine como Sam Mendes en Camino a la perdición, 2002, o Ridley Scott.

   De la misma forma,el cuadro que aquí proponemos,  ha sido motivo de inspiración para poetas como el alemán Wolf Wondratscheck, dramaturgos como Douglas Steinberg, músicos como Tom Waits, escultores como George Segal y pintores como Gottfried Helnwein quien llegó a calcar el cuadro “Nighthawks”, “Noctámbulos” en su versión castellana, sustituyendo únicamente el rostro de los cuatro anónimos personajes de Hopper por los de Elvis Presley, James Dean, Humphrey Bogart y Marilyn Monroe.

   Nadie que mire este cuadro con detalle puede quedarse impasible ante lo que ve en él, en su claustrofóbica sencillez. Con tan pocos elementos visuales, Hopper ha creado uno de los más desgarradores alegatos hechos en la pintura moderna sobre el tema de la soledad del hombre contemporáneo.

   Mañana o pasado mañana, sentados ante la barra de un bar cualquiera, escondiendo nuestra soledad y miserias cotidianas no confesadas, frente a una copa, podríamos recordar el comienzo del poema de Wondratschek inspirado en esta obra:

It is night
and the city is deserted.
The lucky ones are at home,
or more likely
there are none left.

Autora: Paqui Zurita Corbacho.

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Fotos de la exposición “Amores de otros tiempos: años 30, 40 y 50”

Posted by Biblioteca Alange en junio 11, 2012

                                       

 

  Las fotos son de Carmen Méndez. Pinchad sobre ellas si las queréis ver ampliadas.

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Amores de otros tiempos: años 30, 40 y 50

Posted by Biblioteca Alange en mayo 21, 2012

 

  El cartel se lo debemos a Juan Diego Carmona Barrero. Thank you very much.

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Ruta de senderismo guiada – “El arte rupestre en el Cerro del Castillo”

Posted by Biblioteca Alange en mayo 16, 2012

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“Ta matete” (El mercado) de Paul Gauguin

Posted by Biblioteca Alange en mayo 9, 2012

 

 

 

El mercado, Ta matete
Autor:Paul Gauguin
Fecha:1892
Museo:Kunstmuseum de Basilea
Características:73 x 92 cm.
Material:Oleo sobre lienzo

 

 

Estilo: En su búsqueda de lo primitivo, Gauguin se inspira para realizar esta obra en un fresco egipcio que conservaba en una fotografía. Para el artista, el arte egipcio era el más sabio de los primitivos y por eso se inspiró en él a la hora de ejecutar esta escena. Las protagonistas son las prostitutas que se ofrecían a los turistas occidentales en el mercado de Papeete, haciendo posiblemente una crítica a la situación que estaba provocando la llegada de occidentales entre los indígenas. A pesar de ser prostitutas, las presenta con vestidos muy discretos y poses poco insinuantes. Gauguin se empeña en representar las figuras de manera plana, para asemejarse más al arte primitivo. Por eso parece que las mujeres están pegadas al paisaje arbolado del fondo, donde observamos otras dos figuras que parecen sacadas de los jeroglíficos de una pirámide egipcia. La técnica empleada es la misma que viene repitiendo desde su estancia en Bretaña: sobre la tela calca el dibujo, marcando el contorno de las figuras – de la misma manera que había contemplado en la ejecución de esmaltes o vidrieras – aplicando el colorido plano entre las líneas de la silueta. Ese colorido es muy vivo, utiliza amarillos, naranjas, rojos, azules o grises, en contraste con los tonos marrón tostado de los rostros. La figura que aparece en primer plano está cortada debido a la influencia de la fotografía en la pintura, como ya había hecho años antes Degas. Resulta interesante la alegre decoración del pareo de la joven y la postura de su pie, visto desde arriba, jugando con las dobles perspectivas como también harían los impresionistas.

   Un  9 de mayo de 1903 moría el pintor postimpresionista francés Paul Gauguin, hemos querido rendirle aquí un homenaje colgando un cuadro, “Ta matete”, al que nosotros le tenemos un cariño especial.

 

Fuente del texto: http://www.artehistoria.jcyl.es/genios/cuadros/324.htm

Más información: http://www.epdlp.com/pintor.php?id=254

                                           http://es.wikipedia.org/wiki/Paul_Gauguin

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Cruces de Mayo – Alange, 2012

Posted by Biblioteca Alange en mayo 4, 2012

                                                   

 

   Aquí tenéis las fotos de las Cruces de Mayo de este año. A pesar de la lluvia la gente se animó a adornar las calles de nuestro pueblo con hermosas cruces y a acompañar a la rondalla que cantó canciones típicas extremeñas.

   Las fotos son de Fefa Corbacho. Pinchad sobre ellas si las queréis ver ampliadas.

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“La gran ola de Kanagawa”. Hoy leemos un cuadro.

Posted by Paqui Zurita en abril 29, 2012

Katsushika Hokusai (1760-1849)

La gran ola de Kanagawa

El grabado japonés más conocido en Occidente es con toda probabilidad  La gran ola de KanagawadeKatsushika Hokusai, se trata de uno de los ejemplos más destacados de la estampación de paisajes Ukiyo-e (pinturas del mundo flotante) del periodo Edo (1615-1868). En este sentido, el historiador Richard Lane concluye: “En efecto, si hay un trabajo que hizo famoso el nombre de Hokusai, tanto en Japón como en el extranjero, fue esta monumental impresión, dejando un impacto duradero en el mundo del arte”. La gran ola de Kanagawa  pertenece a una serie de cuarenta y seis xilografías (grabados en madera) que realizó el pintor japonés con el monte Fujivisto desde diferentes ángulos y conocida como 36 vistas del monte Fuji.

En esta dinámica e impactante imagen la gran ola domina la composición, está a punto de embestir bruscamente contra las tres desvalidas barcazas (oshiokuri-bune) en las que los ocho tripulantes de cada una de ellas se afanan para evitar el inminente vuelco. Se trata de un instante dramático en el que se impone el poder de la naturaleza sobre la pequeñez del hombre y su fragilidad. La cresta de espuma de esta ola piramidal se cuelga en el espacio como si se tratase de garras o fauces de monstruos dispuestas a devorar a los marineros ante la imperturbable serenidad del Monte Fuji, cubierto de nieve, que se erige majestuoso en el horizonte entre el sereno hueco que forma la gran ola. El cielo amenaza tormenta, dotando de una imagen más agobiante, si cabe, a la escena. Si nos detenemos algo más ante La gran ola,podremos comprobar que Hokusai  estampó otra secundaria de menor tamaño en un primer plano y que tiene el mismo perfil que el Monte desde la Estación de Fuji, por tanto, Hokusai dibujó dos montes Fuji en este grabado.

Nos encontramos ante la realización de una actividad cotidiana, la faena de la pesca del atún a principios de primavera,  avalada esta idea tanto por la primera línea de nieves del Fuji como por el número de tripulantes que ocupan las barcazas. Para las tareas habituales de la pesca en este tipo de naves sólo eran necesarios cuatro pescadores, el hecho de que a bordo se encuentren  ocho remeros nos da idea de la necesidad de ganar velocidad para llegar rápidamente al mercado de Edo donde los ricos comerciantes pagaban por estos primeros y codiciados atunes de primavera, el equivalente a la mitad del sueldo de una persona normal. Pero fijándonos en la dirección de las barcas, parece que se dirigen a casa volviendo del mercado de Tokyo. La imagen, por tanto, debería aparecer al revés, con las barcas navegando de izquierda a derecha, pero la visión hubiese resultado menos dramática para el espectador japonés que lee de derecha a izquierda, resultando más impactante la imagen tal como finalmente la concibió el artista con la ola de derecha a izquierda. Tal vez fuese este el motivo por el que Hokusai quiso mostrar a los marineros volviendo a casa entre la tormenta.

La seducción de esta estampa se debe fundamentalmente a su pulcritud y  perfección técnica, valores tan asociados popularmente a la mentalidad del pueblo japonés. Una pulcritud que se advierte especialmente en el tratamiento de lalínea del dibujo, y una perfección que se materializa en la técnica del estampado del color. El tratamiento de la línea marca la composición, define  los contornos y establece el ritmo y la cadencia de la escena, potenciando en ella una expresividad dramática e impactante. El otro aspecto formal inconfundible es el color de tonos luminosos, planos y sin mezcla alguna que le otorgan  una enorme vitalidad y fuerza, mientras la combinación perfecta de blanco y azul le otorga a la imagen una armonía precisa. Los motivos principales se encuentran bien delineados con firme trazo negro. Las líneas curvas de la ola se compensan con las rectas de la barca, la furia del mar con la quietud inmutable del Monte Fuji o con la experiencia de los pescadores. El redescubierto pigmento azul de Prusia, que llegó a Japón a través de China, contrasta con su opuesto el anaranjado del cielo. Hokusai consiguió recrear el vitalismo y la fuerza del mar en el arte. Hoy en día lo podríamos considerar como un fotograma, la imagen de una ola detenida en el tiempo antes de romper, es la idea de congelar el tiempo, un adelanto en la manera de ver el mundo.

Estamos ante una imagen de destrucción inminente, donde las fuerzas del Ying y el Yang se hacen patentes. El Ying representado por la violencia de la Naturaleza y el movimiento de la ola, equilibrado con el Yang de la quietud del Fuji al cuál se le atribuían leyendas relacionadas con la inmortalidad. Hokusai materializa la ola en un ser vivo y poderoso, como perfecta simbología de lo que significan las fuerzas de la naturaleza para el sintoísmo japonés, religión original japonesa que incluye la adoración de los kami o espíritus del mundo natural. Las creencias budista del autor en las que se relacionan hombre-Naturaleza-Dios favorecen la idea de que los remeros no estuviesen luchando contra la ola sino discurriendo por el río de la vida. Así, este paisaje sería entendido como un estado del alma, ya que para la mentalidad japonesa, la naturaleza forma parte de nosotros mismos, la esencia  También podría expresar la obsesión de Hokusai sobre la vida y la muerte ¿Quería sugerir quizá Hokusai con esta imagen de destrucción que la “vida del mundo flotante” era efímera? ¿Que siempre hay un peligro acechando?

Manet compró una imagen del “mundo flotante” y la colgó en su estudio, la utilizó como fondo cuando realizó el Retrato de Émile Zola (1868).  Zola declaró que los artistas delmundo flotante” fueron los primeros impresionistas y los más perfectos. Tal fue el entusiasmo por lo japonés que se acuñó un nuevo término para esta moda “el japonismo”. La influencia de estos grabados en madera llegó a todas partes, desde los personajes y escenas de Toulouse-Lautrec hasta los temas más íntimos de Mary Cassatt. ¿Quizá Gustave Courbet habría podido ver  La gran ola de Kanagawa cuando en 1871 pintó su obra La Ola?Van Gogh tenía una estampa cuando pintó “sus olas” en 1887, en tal sentido escribió a su hermano Theo: “como tú dices las olas son garras y los barcos están atrapados en ellas, puedes sentirlo”. Pronto La gran ola empezó a difundirse ampliamente, y no solo entre los pintores, Claude Debussy trabajó con esta imagen en su estudio y le rindió homenaje al componer en 1905 su obra La Mer. Enla Segunda Guerra Mundial sus detalles fueron utilizados por el gobierno japonés en la confección de un póster que ensalzaba el valor del trabajo. En los años 60 una generación de jóvenes artistas se sintió entusiasmado por las imágenes de la cultura popular, los antiguos grabados japoneses, muy  numerosos, baratos, bien ejecutados con una gran economía de medios. Lichtenstein (1923-1997), pintor estadounidense de arte pop, retomó la idea de la obra de Hokusai y reinterpretó su visión. También en Japón el arte popular tuvo un regreso triunfal a través del póster. Tadanori Yokoo (1936), diseñador gráfico japonés, utilizó La gran ola combinándolacon otros iconos contemporáneos como el tren bala. Ejemplo de la trascendencia de este grabado en nuestros días es que la marca de ropa QuickSilver la utiliza como logotipo. Guinnes en 1998 realizó un anuncio publicitario en el que, una vez más, se reinterpretaba esta obra de La gran ola fusionándola con Los caballos de Neptuno de Walter Crane.

La obra original realizada por el artista no existe. De La gran ola de Kanagawa  podemosencontrar diversas versiones en distintos museos, Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, Museo Victoria Alberto de Londres, Museo Británico, etc.

Para hacer las estampaciones Ukiyo-e se empleaban troqueles de madera, la que más se utilizaba era de cerezo, suficientemente blanda para tallarla y bastante dura para conservar la estampación en buenas condiciones después de muchas impresiones. El papel hosho, liso, blanco y relativamente barato, recomendado para la xilografía en color, era sacado de la corteza de la morera. Los artesanos japoneses ponían tinta directamente en el troquel vaciado previamente  con el perfil del dibujo a grabar y colocaban encima el papel boca abajo, finalmente la impresión se conseguía frotando encima del papel, con una muñequilla con un movimiento circular o de zigzag. La producción de estos trabajos se llevaba a cabo con la colaboración de un dibujante, un tallista y un impresor, a los que se añadía un editor que coordinaba y supervisaba la labor de los otros tres. Pero era siempre el artesano que creaba el dibujo el que ponía su nombre en la impresión final.

Enlaces de interés:

36 vistas del monte Fuji 

Obra completa de Katsushika Hokusai

Colección de grabados Ukiyo-e

Haga un clic aquí para acceder al vídeo de Guiness

Autora: Paqui Zurita Corbacho.

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“Esplendor en la hierba” de William Wordsworth

Posted by Biblioteca Alange en abril 10, 2012

 

 
 
 
 
Caspar David Friedrich
 
 
 
 
 
 
What though the radiance which was once so bright,
be now for ever taken from my sight,
though nothing can bring back the hour
of splendour in the grass, of glory in the flower;
we will grieve not, rather find
strength in what remains behind;
in the primal sympathy
which having been must ever be;
in the soothing thoughts that spring
out of human suffering;
in the faith that looks through death,
in years that bring the philosophic mind.

 

“Pues aunque el resplandor que en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas,
aunque nada pueda hacer volver la hora
del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos, pues encontraremos
fuerza en  el recuerdo,
en aquella primera simpatía
que habiendo sido una vez, habrá de ser por siempre,
en los sosegados pensamientos que brotaron
del humano sufrimiento
y en la fe que mira a través de la muerte,
y en los años, que traen consigo las ideas filosóficas.”

 

                                                                                                                                  William Wordsworth

http://es.wikipedia.org/wiki/William_Wordsworth

 

 

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