Blog de la Biblioteca Municipal de Alange

Espacio dedicado a difundir la actividad de la biblioteca y foro de discusión sobre la cultura en general.

Archive for 27 marzo 2012

Día Mundial del Teatro 2012

Posted by Biblioteca Alange en marzo 27, 2012

 

 

“El Instituto Internacional del Teatro-ITI de la UNESCO me ha honrado con su petición de realizar este mensaje en la conmemoración del 50 aniversario del Día Mundial del Teatro. Voy a dirigir estas breves consideraciones a mis compañeros del teatro, mis pares y camaradas.

Que vuestro trabajo sea convincente y original. Que sea profundo, conmovedor, reflexivo y único. Que nos ayude a reflejar la cuestión de lo que significa ser humano y que dicho reflejo sea guiado por el corazón, la sinceridad, el candor y la gracia. Que superéis la adversidad, la censura, la pobreza y el nihilismo, algo a lo que, ciertamente, muchos de vosotros estaréis obligados a afrontar. Que seáis bendecidos con el talento y el rigor necesarios para enseñarnos cómo late el corazón humano en toda su complejidad, así como con la humildad y curiosidad necesarias para hacer de ello la obra de vuestra vida. Y que sea lo mejor de vosotros – ya que será lo mejor de vosotros, y aun así, se dará sólo en los momentos más singulares y breves – lo que consiga enmarcar esa que es la pregunta más básica de todas: “¿Cómo vivimos?” ¡Buena Suerte!”.

John Malkovich 

 

 

   El actor John malkovich ha sido este año el encargado de escribir el Mensaje del Día Mundial del Teatro, que será leído en todos los centros escénicos del Ministerio de Educación Cultura y Deporte.

Fuente:   http://www.mcu.es/MC/2012/Teatro/DiaMundial.html

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Feria del Libro de Trujillo

Posted by Biblioteca Alange en marzo 23, 2012

 

 

 

 

 

 

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“La España de charanga y pandereta” de Antonio Machado

Posted by Biblioteca Alange en marzo 21, 2012

 

  

 

La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y de alma quieta,
ha de tener su mármol y su día,
su infalible mañana y su poeta.

El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero;
a la moda de Francia realista,
un poco al uso de París pagano,
y al estilo de España especialista
en el vicio al alcance de la mano.

Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahur, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste
cuando se digna usar de la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.

El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero,
el vacuo ayer dará un mañana huero.

Como la náusea de un borracho ahito
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.

Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.

Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.

                                   Antonio Machado

 

 

En el día mundial de la poesía os dejamos este poema de don Antonio Machado para conmemorarlo. Seguro que a las personas que forman parte del Club de Lectura les recordará, sin duda, al libro que actualmente estamos leyendo: “El grito” de Antonio Montes.

 

 

 

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Un papá a la medida

Posted by Biblioteca Alange en marzo 19, 2012

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Un papá a la medida from Los Animantes on Vimeo.

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Dedicado a todos esos papás especiales en su día. ¡Felicidades!

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RUTA DE SENDERISMO INFANTIL “EL GRANERO DEL BRONCE”

Posted by Biblioteca Alange en marzo 19, 2012

                                

 

En la tarde del pasado sábado 17 de marzo tuvo lugar la ruta senderista-infantil “El granero del Bronce”.

Poco después de las 16:30, reunidos los jóvenes participantes y sus acompañantes en la Pata del Buey, comenzaban su extraordinario caminar hacia el pasado más remoto de nuestro pueblo. Y lo hacían tomando en una alegre comitiva el camino de la solana, que sirvió en esta ocasión de ruta para, atravesando el túnel del tiempo,  llegar 4.000 años atrás. Como en aquel tiempo, los niños pudieron disfrutar de las extraordinarias vistas que ofrece el Cerro del Castillo y de su atractivo natural, pese a la sequía y a la voracidad caprina que, pelando la ladera, se diría quieren convertirla en un paisaje lunar. La tarde se mantuvo, más frío que calor; viento el justo… mientras la chiquillería, andando, trotando y aun corriendo, entre voces y “a ver quién tiras la piedras más lejos”, hacía perder los nervios a más de un paciente pescador de orilla.

De pronto, un niño como ellos… pero de la Edad del Bronce, salió al encuentro y en las demudadas caras de los jóvenes senderistas se reflejó, inocente, la sorpresa. De su mano, y haciendo un corro en torno a los restos arqueológicos del segundo milenio antes de Cristo, la prehistoria alangeña fue recobrando vida. Ante el silencio y la atenta mirada de los chiquillos –y también de sus acompañantes, que no perdieron detalle– la vida cotidiana de la Edad del Bronce fue recreada en varias escenas: el trabajo manual del alfarero; la molienda del cereal por una mujer; el acarreo de la leña para alimentar los fuegos; la elaboración de la comida y el cuidado de los niños; el almacenamiento de los sacos con trigo en el granero… Satisfecha la curiosidad de algunos niños, que se preguntaron cómo confeccionaban sus vestidos o los objetos de bronce, como la espada que el jefe del poblado exhibía, éste les invitó  a proseguir su paseo hasta la presa, donde una reparadora merienda les haría recobrar fuerzas antes de emprender el regreso al presente. También les recordó –y esto es lo más importante, sin duda, que se dijo esa tarde– que ellos son el futuro y que a ellos les corresponde cuidar del rico patrimonio arqueológico y cultural de Alange, para que pueda seguir siendo disfrutado por todos. Sabias palabras, que fueron recompensadas con un sonoro aplauso.

 

Ignacio Pavón Soldevila

     Las fotos son de María del Carmen Méndez. Si las queréis ver ampliadas, pinchad sobre ellas.

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Periodista Digital. Entrevista a Jesús Sánchez -‘Alcazaba’- 8 marzo 2012

Posted by Biblioteca Alange en marzo 19, 2012

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Niko ha subido este vídeo a facebook y nosotros os lo dejamos aquí para que lo podáis ver l@s que no tengáis facebook.

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“La noche que volvimos a ser gente” de José Luis González

Posted by Biblioteca Alange en marzo 13, 2012

Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/pr/gonzalez/noche.htm

 

La noche que volvimos a ser gente
José Luis González
¿Qué si me acuerdo? Se acuerda el Barrio entero si quieres que te diga la verdad, porque eso no se le va a olvidar ni a Trompoloco, que ya no es capaz de decir ni dónde enterraron a su mamá hace quince días. Lo que pasa es que yo te lo puedo contar mejor que nadie por esa casualidad que tú todavía no sabes. Pero antes vamos a pedir unas cervezas bien frías porque con esta calor del diablo quién quita que hasta me falle la memoria.

Ahora sí, salud y pesetas. Y fuerza donde tú sabes. Bueno, pues de eso ya van cuatro años y si quieres te digo hasta los meses y los días porque para acordarme no tengo más que mirarle la cara al barrigón, ése que tú viste ahí en la casa cuando fuiste a procurarme esta mañana. Sí, el mayorcito, que se llama igual que yo pero que si hubiera nacido mujercita hubiéramos tenido que ponerle Estrella o Luz María o algo así. O hasta Milagros, mira, porque aquello fue… Pero si sigo así voy a contarte el cuento al revés, o sea desde el final y no por el principio, así que mejor sigo por donde iba.

Bueno, pues la fecha no te la digo porque ya tú la sabes y lo que te interesa es otra cosa. Entonces resulta que ese día le había dicho yo al foreman, que era un judío buena persona y ya sabía su poquito de español, que me diera un overtime porque me iban a hacer falta los chavos para el parto de mi mujer, que ya estaba en el último mes y no paraba de sacar cuentas. Que si lo del canastillo, que si lo de la comadrona… Ah, porque ella estaba empeñada en dar a luz en la casa y no en la clínica donde los doctores y las norsas no hablan español y además sale más caro.

Entonces a las cuatro acabé mi primer turno y bajé al come-y-vete ése del italiano que está ahí enfrente de la factoría. Cuestión de echarme algo a la barriga hasta que llegara a casa y la mujer me recalentara la comida, ¿ves? Bueno, pues me metí un par de hot dogs con una cerveza mientras le tiraba un vistazo al periódico hispano que había comprado por la mañana, y en eso, cuando estaba leyendo lo de un latino que había hecho tasajo a su corteja porque se la estaba pegando con un chino, en eso, mira, yo no sé si tú crees en esas cosas, pero como que me entró un presentimiento. O sea que sentí que esa noche iba a pasar algo grande, algo que no podía decir lo que iba a ser. Yo digo que uno tiene que creer porque tú me dirás qué tenía que ver lo del latino y el chino y la corteja con eso que yo empecé a sentir. A sentir, tú sabes, porque no fue  que lo pensara, que eso es distinto. Bueno, pues acabé de mirar el periódico y volví rápido a la factoría para empezar el overtime.

Entonces el otro foreman, porque el primero ya se había ido, me dice: ¿Qué, te piensas hacer millonario para poner un casino en Puerto Rico? Así, relajando, tú sabes, y vengo yo y le digo, también vacilando: No, si el casino ya lo tengo. Ahora lo que quiero poner es una fábrica. Y me dice: ¿Una fábrica de qué? Y le digo: Una fábrica de humo. Y entonces me pregunta: ¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer con el humo? Y yo bien serio, con una cara de palo que había que ver: ¿Adiós?… ¿y qué voy a hacer? Enlatarlo para vendérselo a los americanos, que compran cualquier cosa con tal de que venga en lata. Un vacilón, tú sabes, porque ese foreman era todavía más buena persona que el otro. Pero porque le conviene, desde luego: así nos pone de buen humor y nos saca el jugo en el trabajo. Él se cree que yo no lo sé, pero cualquier día se lo digo para que vea que uno no es tan ignorante como parece. Porque esta gente aquí a veces se imagina que uno viene de la última sínsora y confunde el papel de lija con el papel de inodoro, sobre todo cuando uno es trigueñito y con la morusa tirando a caracolillo.

Pero, bueno, eso es noticia vieja y lo que tengo que contarte es otra cosa. Ahora, que la condenada calor sigue y la cerveza ya se nos acabó. La misma marca, ¿no? Okay. Pues como te iba diciendo, después que el foreman me quiso vacilar y yo le dejé con las ganas, pegamos a trabajar en serio. Porque eso sí, aquí la guachafita y el trabajo no son compadres. Time es money, ya tú sabes. Pegaron a llegarme radios por el assembly line y yo a meterles los tubos: chan, chan. Sí, yo lo que hacía entonces era poner los tubos. Dos a cada radio, uno en cada mano. Chan, chan. Al principio, cuando no estaba impuesto, a veces se me pasaba un radio y entonces, ¡muchacho!, tenía que correrle detrás y al mismo tiempo echarle el ojo al que venía seguido, y creía que me iba a volver loco. Cuando salía del trabajo sentía como que llevaba un baile de San Vito en todo el cuerpo. A mí me está que por eso en este país hay tanto borracho y tanto vicioso. Sí, chico, porque cuando tú quedas así lo que te pide el cuerpo es un juanetazo de lo que sea, que por lo general es ron o algo así, y ahí se va acostumbrando uno. Yo digo que por eso las mujeres se defienden mejor en el trabajo de factoría, porque ellas se entretienen con el chismorreo y la habladuría y el comentario, ¿ves?, y no se imponen a la bebida.

Bueno, pues ya tenía yo un rato metiendo tubos y pensando boberías cuando en eso viene el foreman y me dice: Oye, ahí te buscan. Yo le digo: ¿A quién, a mí? Pues claro, me dice, aquí no hay dos con el mismo nombre. Entonces pusieron a otro en mi lugar para no parar el trabajo y ahí voy yo a ver quién era el que me buscaba. Y era Trompoloco, que no me dice ni qué hubo sino que me espeta: Oye, que te vayas para tu casa que tu mujer se está pariendo. Sí, hombre, así de sopetón. Y es que el pobre Trompoloco se cayó del coy allá en Puerto Rico cuando era chiquito y según decía su mamá, que en paz descanse, cayó de cabeza y parece que del golpe se le ablandaron los sesos. Tuvo un tiempo, cuando yo lo conocí aquí en el Barrio, que de repente se ponía a dar vueltas como loco y no se paraba hasta que se mareaba y se caía al suelo. De ahí le vino el apodo. Eso sí, nadie abusa de él porque su mamá era muy buena persona, médium espiritista ella, tú sabes, y ayudaba a mucha gente y no cobraba. Uno le dejaba lo que podía, ¿ves?, y si no podía no le dejaba nada. Entonces hay mucha gente que se ocupa de que Trompoloco no pase necesidades. Porque él siempre fue huérfano de padre y no tuvo hermanos, así que como quien dice está solo en el mundo.

Bueno, pues llega Trompoloco y me dice eso y yo digo: Ay, mi madre, ¿y ahora qué hago? El foreman, que estaba pendiente de lo que pasaba porque esa gente nunca le pierde ojo a uno en el trabajo, viene y me pregunta: ¿Cuál es el trouble? Y yo le digo: Que viene a buscarme porque mi mujer se está pariendo. Y entonces el foreman me dice: Bueno, ¿y que tú estás esperando? Porque déjame decirte que ese foreman también era judío y para los judíos la familia siempre es primero. En eso no son como los demás americanos, que entre hijos y padres y entre hermanos se insultan y hasta se dan por cualquier cosa. Y no sé si será por la clase de vida que la gente lleva en este país. Siempre corriendo detrás del dólar, como los perros esos del canódromo que ponen a correr detrás de un conejo de trapo. ¿Tú los has visto? Acaban echando el bofe y nunca alcanzan al conejo. Eso sí, les dan comida y los cuidan para que vuelvan a correr al otro día, que es lo mismo que hacen con la gente, si miras bien la cosa. Así que en este país todo venimos a ser como perros de carrera.

Bueno, pues cuando el foreman me dijo de qué yo estaba esperando, le digo: Nada, ponerme el coat y agarrar el subway antes que mi hijo vaya a llegar y no me encuentre en casa. Contento que estaba yo ya, ¿sabes?, porque iba ser mi primer hijo y tú sabes cómo es eso. Y me dice el foreman: No se te vaya a olvidar ponchar la tarjeta para que cobres la media hora que llevas trabajando, que de ahora palante es cuando te van a hacer falta los chavos. Y le digo: Cómo no, y agarro el coat y poncho la tarjeta y le digo a Trompoloco, que estaba parado allí mirando las máquinas como eslembao: ¡Avanza, Trompo, que vamos a llegar tarde! Y bajamos las escaleras corriendo para no esperar el ascensor y llegamos a la acera, que estaba bien crowded porque a esa hora todavía había gente saliendo del trabajo. Y digo yo: ¡Maldita sea, y que tocarme la hora del rush! Y Trompoloco que no quería correr: Espérate, hombre, espérate, que yo quiero comprar un dulce. Bueno, es que Trompoloco es así, ¿ves?, como un nene. Él sirve para hacer un mandado, si es algo sencillo, o para lavar unas escaleras en un building o cualquier cosa que no haya que pensar. Pero si es cuestión de usar la calculadora, entonces búscate a otro. Así que vengo y le digo: No. Trompo, qué dulce ni qué carajo. Eso lo compras allá en el Barrio cuando lleguemos. Y él: No, no, en el Barrio no hay de los que yo quiero. Esos nada más se consiguen en Brooklyn. Y le digo: Ay, tú estás loco, y en seguida me arrepiento porque eso es lo único que no se le puede decir a Trompoloco. Y se para ahí en la acera, más serio que un chavo de queso, y me dice: No, no, loco no. Y le digo: No, hombre, si yo no dije loco, yo dije bobo. Lo que pasa es que tú oíste mal. ¡Avanza, que el dulce te lo llevo yo mañana! Y me dice: ¿Seguro que tú no me dijiste loco? Y yo: ¡Seguro, hombre! Y él: ¿Y mañana me llevas dos dulces? Mira, loco y todo lo que tú quieras, pero bien que sabe aprovecharse. Y a mí casi me entra la risa y le digo: Claro chico, te llevo hasta tres si quieres. Y entonces vuelve a poner buena cara y me dice: Está bien, vámonos, pero tres dulces, acuérdate, ¿ah? Y yo, caminando para la entrada del subway con Trompoloco detrás: Sí, hombre, tres. Después me dices de cuáles son.

Y bajamos casi corriendo las escaleras y entramos en la estación con aquel mar de gente que tú sabes cómo es eso. Yo pendiente de que Trompoloco no se fuera a quedar atrás porque con el apeñuscamiento y los arrempujones a lo mejor le entraba miedo y quién iba a responder por él. Cuando viene el tren expreso lo agarro por un brazo y le digo: Prepárate y echa palante tú también, que si no nos quedamos afuera. Y él me dice: No te ocupes, y cuando se abre la puerta y salen los que iban a bajar, nos metemos de frente y quedamos prensados entre aquel montón de gente que no podíamos ni mover los brazos. Bueno, mejor, porque así no había que agarrarse de los tubos. Trompoloco iba un poco azorado porque yo creo que era la primera vez que viajaba en subway a esa hora, pero como me tenía a mí al lado no había problemas, y así seguimos hasta Columbus Circle y allí cambiamos de línea porque teníamos que bajarnos en la 110 y quinta para llegar a casa, ¿ves?, y ahí volvimos a quedar como sardinas en lata.

Entonces yo iba contando los minutos, pensando si ya mijo habría nacido y cómo estaría mi mujer. Y de repente se me ocurre: Bueno, y yo tan seguro de que va a ser macho y a lo mejor me sale una chancleta. Tú sabes que uno siempre quiere que el primero sea hombre. Y la verdad es que eso es un egoísmo de nosotros, porque a la mamá le conviene más que la mayor sea mujer para que después le ayude con el trabajo de la casa y la crianza de los hermanitos. Bueno, pues en eso iba yo pensando y sintiéndome ya muy padre de familia, te das cuenta, cuando… ¡fuácata, ahí fue! Que se va la luz y el tren empieza a perder impulso hasta que se queda parado en la mismita mitad del túnel entre dos estaciones. Bueno, la verdad es que de un momento no se asustó nadie. Tú sabes que eso de que las luces se apaguen en el subway no es nada del otro mundo: en seguida vuelven a prenderse y la gente ni pestañea. Y eso de que el tren se pare un ratito antes de llegar a una estación tampoco es raro. Así que de momento no se asustó nadie. Prendieron las luces de emergencia y todo el mundo lo más tranquilo. Pero empezó a pasar el tiempo y el tren no se movía. Y yo pensando: Coño, qué mala suerte, ahora que tenía que llegar pronto. Pero todavía creyendo que sería cuestión de un ratito, ¿ves? Y así pasaron como tres minutos más y entonces una señora empezó a toser. Una señora americana ella, medio viejita, que estaba cerca de mí. Yo la miré y vi que estaba tosiendo como sin ganas, y pensé: Eso no es catarro, eso es miedo. Y pasó otro minuto y el tren seguía parado y entonces la señora le dijo a un muchacho que tenía al lado, un muchacho alto y rubio él, tofete, con cara como de irlandés, le dijo la señora: Oiga, joven, ¿a usted esto no le está raro? Y él dijo: No, no se preocupe, eso no es nada. Pero la señora como que no quedó conforme y siguió con su tosecita y entonces otros pasajeros empezaron a tratar de mirar por las ventanillas, pero como no podían moverse bien y con la oscuridad que había allá afuera, pues no veían nada. Te lo digo porque yo también traté de mirar y lo único que saqué fue un dolor de cuello que me duró un buen rato.

Bueno, pues siguió pasando el tiempo y a mí empezó a darme calambre en una pierna y ahí fue donde me entró el nerviosismo. No, no por el calambre, sino porque pensé que ya no iba a llegar a tiempo a casa. Y decía yo para entre mí: No, aquí tiene que haber pasado algo, ya es demasiado de mucho tiempo que tenemos aquí parados. Y como no tenía nada que hacer, puse a funcionar el coco y entonces fue que se me ocurrió lo del suicidio. Bueno, era lo más lógico, ¿por qué no? Tú sabes que aquí hay muchísima gente que ya no se quieren para nada y entonces van y se trepan al Empire State y pegan el salto desde allá arriba y creo que cuando llegan a la calle ya están muertos por el tiempo que tardan en caer. Bueno, yo no sé, eso es lo que me han dicho. Y hay otros que le tiran por delante al subway y quedan que hay que recogerlos con pala. Ah, no, eso sí, a los que brincan desde el Empire State me imagino que habrá que recogerlos con secante. No, pero en serio, porque con esas cosas no se debe relajar, a mí se me ocurrió que lo que había pasado era que alguien se le había tirado debajo al tren que iba delante de nosotros, y hasta pensé: Bueno, pues que en paz descanse pero ya me chavó a mí, porque sí que voy a llegar tarde. Ya mi mujer debe estar pensando que Trompoloco se perdió en el camino o que yo ando borracho por ahí y no me importa lo que está pasando en casa. Porque no es que yo sea muy bebelón, pero de vez en cuando, tú me entiendes… Bueno, y ya que estamos hablando de eso, y quieres cambiamos de marca, pero que estén bien frías a ver si se nos acaba de quitar la calor.

¡Aja! Entonces… ¿por dónde iba yo? Ah sí, estaba pensando en eso del suicidio y qué sé yo, cuando de repente -¡ran!- vienen y se abren las puertas del tren. Sí, hombre sí, allí mismo en el túnel. Y como eso, a la verdad, era una cosa que yo nunca había visto, entonces pensé: Ahora sí que a la puerca se le entorchó el rabo. Y enseguida veo que allá abajo frente a la puerta estaban unos como inspectores o algo así porque tenían uniforme y traían unas linternas de ésas como faroles. Y nos dice uno de ellos: Take it easy que no hay peligro. Bajen despacio y sin empujar. Y ahí mismo la gente empezó a bajar y a preguntarle al míster aquél: ¡Qué es lo que pasa, qué es lo que pasa? Y él: Cuando estén todos acá abajo les voy a decir. Yo agarré a Trompoloco por el brazo y le dije: ¿Ya tú oíste? No hay peligro, pero no te vayas a apartar de mí. Y él me decía que sí con la cabeza, porque yo creo que del susto se le había ido hasta la voz. No decía nada, pero parecía que los ojos se le iban a salir de la cara: los tenía como platillos y casi le brillaban en la oscuridad, como a los gatos.

Bueno, pues fuimos saliendo del tren hasta que no quedó nadie adentro. Entonces, cuando estuvimos todos alineados allá abajo, los inspectores empezaron a recorrer la fila que nosotros habíamos formado y nos fueron explicando, así por grupos, ¿ves?, que lo que pasaba era que había habido un blackout o sea que se había ido la luz en toda la ciudad y no se sabía cuándo iba a volver. Entonces la señora de la tosecita, que había quedado cerca de mí, le preguntó al inspector: Oiga, ¿y cuándo vamos a salir de aquí? Y él le dijo: Tenemos que esperar un poco porque hay otros trenes delante de nosotros y no podemos salir todos a la misma vez. Y ahí pegamos a esperar. Y yo pensando: Maldita sea mi suerte, mira que tener que pasar esto el día de hoy, cuando en eso siento que Trompoloco me jala la manga del coat y me dice bajito, como en secreto: Oye, oye, panita, me estoy meando. ¡Imagínate tú! Lo único que faltaba. Y le digo: Ay, Trompo, bendito, aguántate, ¿tú no ves que aquí eso es imposible? Y me dice: Pero es que hace rato que tengo ganas y ya no aguanto más. Entonces me pongo a pensar rápido porque aquello era una emergencia, ¿no?, y lo único que se me ocurre es ir a preguntarle al inspector qué se podía hacer. Le digo a Trompoloco: Bueno, espérame un momentito, pero no te vayas a mover de aquí. Y me salgo de la línea y voy y le digo al inspector: Listen, mister, my friend wanna take a leak, o sea que mi amigo quería cambiarte el agua al canario. Y me dice, el inspector: Goddamit to helI, can’t he hold it in a while? Y le digo que eso mismo le había dicho yo, que se aguantara, pero que ya no podía. Entonces me dice: Bueno, que lo haga donde pueda, pero que no se aleje mucho. Así que vuelvo donde Trompoloco y le digo: vente conmigo por ahí atrás, a ver si encontramos un lugarcito, y pegamos a caminar, pero aquella hilera de gente nos se acaba nunca. Y habíamos caminado un trecho cuando vuelve a jalarme la manga y dice: Ahora si ya no aguanto, brother. Entonces le digo: Pues mira, ponte detrás de mí pegadito a la pared, pero ten cuenta que no me vayas a mojar los zapatos. Y hazlo despacito, para que no se oiga. Y ni había acabado de hablar cuando oigo aquello que, bueno, ¿tú sabes cómo hacen eso los caballos? Pues con decirte que parecía que eran dos caballos en vez de uno. Si yo no sé cómo no se le había reventado la vejiga. No, una cosa terrible. Yo pensé: Ave María, éste me va a salpicar hasta el coat. Y mira que era de esos cortitos, que no llegan ni a la rodilla, porque a mi siempre me ha gustado estar a la moda, ¿verdad? Y entonces, claro, la gente que estaba por allí tuvo que darse cuenta y yo oí que empezaron a murmurar. Y pensé: Menos mal que está oscuro y no nos pueden ver la cara, porque si se dan cuenta que somos puertorriqueños… Ya tú sabes cómo es el asunto aquí. Yo pensando todo eso y Trampoloco que no acababa. ¡Cristiano, las cosas que le pasan a uno en este país! Después las cuentas y la gente no te las cree. Bueno, pues al fin Trompoloco acabó, o por lo menos eso creí yo porque ya no se oía aquel estrépito que estaba haciendo, pero pasaba el tiempo y no se movía. Y le digo: Oye, ¿ya tú acabaste? Y me dice: Sí. Y yo: Pues ya vámonos. Y entonces me sale con que: Espérate, que me estoy sacudiendo. Mira, ahí fue donde yo me encocoré. Le digo: Pero, muchacho, ¿eso es una manguera o qué? ¡Camina por ahí si no quieres que esta gente nos sacuda hasta los huesos después de esta inundación que tú has hecho aquí! Entonces como que comprendió la situación y me dijo: está bien, está bien, vámonos.

Pues volvimos adonde estábamos antes y ahí nos quedamos esperando como media hora más. Yo oía a la gente alrededor de mí hablando inglés, quejándose y diciendo que qué abuso, que parecía mentira, que si el alcalde, que si qué sé yo. Y de repente oigo por allá que alguien dice en español: bueno, para estirar la pata lo mismo da aquí adentro que allá afuera, y mejor que sea aquí porque así el entierro tiene que pagarlo el gobierno. Sí, algún boricua que quería hacerse el gracioso. Yo miré así a ver si lo veía, para decirle que el entierro de él lo iba a pagar la sociedad protectora de animales, pero en aquella oscuridad no pude ver quién era. Y lo malo es que el chistecito aquél me hizo su efecto, no te creas. Porque parado allí sin hacer nada y con la preocupación que traía yo y todo ese problema, ¿tú sabes lo que me ocurrió a mí entonces? Imagínate, yo pensé que el inspector nos había dicho un embuste y que lo que pasaba era que ya había empezado la tercera guerra mundial. No, no te rías, yo te apuesto que yo no era el único que estaba pensando eso. Sí, hombre, con todo lo que se pasan diciendo los periódicos aquí, de que si los rusos y los chinos y hasta los marcianos en los platillos voladores.., pues claro, ¿y por qué tú te crees que en este país hay tanto loco? Si ahí en Bellevue ya ni caben y creo que van a tener que construir otro manicomio.

Bueno, pues en esa barbaridad estaba yo pensando cuando vienen los inspectores y nos dicen que ya nos tocaba el turno de salir a nosotros, pero caminando en fila y con calma. Entonces pegamos a caminar y al fin llegamos a la estación, que era la de tan lejos de casa, pero tampoco tan cerca porque eran unas cuantas calles las que nos faltaban. Imagínate que eso nos hubiera pasado en la 28 o algo así. La cagazón, ¿no? Pero, bueno, la cosa es que llegamos a la estación y le digo a Trompoloco: Avanza y vamos a salir de aquí. Y subimos las escaleras con todo aquel montón de gente que parecía un hormiguero cuando tú le echas agua caliente, y al salir a la calle, ¡ay, Bendito! No, no, tiniebla no, porque estaban las luces de los carros y eso, ¿verdad? Pero oscuridad si porque ni en la calle ni en los edificios había una sola luz prendida. Y en eso pasó un tipo con un radio de esos portátiles, y como iba caminando en la misma dirección que yo, me le emparejé y me puse a oír lo que estaba diciendo el radio. Y era lo mismo que nos había dicho el inspector allá abajo en el túnel, así que ahí se me quitó la preocupación esa de la guerra. Pero entonces me volvió la otra, la del parto de mi mujer y eso, ¿ves?, y le digo a Trompoloco: Bueno, paisa, ahora la cosa es en el carro de don Fernando, un ratito a pie y otro andando, así que a ver quién llega primero. Y me dice él: Te voy, te voy riéndose, ¿sabes?, como que ya se había pasado el susto.

Y pegamos a caminar bien ligero porque además estaba haciendo frío y cuando íbamos por la 103 o algo así, pienso yo: Bueno, y si no hay luz en casa, ¿cómo harán hecho para el parto? A lo mejor tuvieron que llamar la ambulancia para llevarse a mi mujer a alguna clínica y ahora yo no voy a saber ni dónde está. Porque, oye, lo que es el día que uno se levanta de malas.

Entonces con esa idea en la cabeza entré yo en la recta final que parecía un campeón: yo creo que no tardamos ni cinco minutos de la 103 a casa Y ahí mismo entro y agarro por aquellas escaleras oscuras que no veía ni los escalones y… ah, pero ahora va empezar lo bueno, lo que tú quieres que yo te cuente porque tú no estabas en Nueva York ese día, ¿verdad? Okay. Pues entonces vamos a pedir otras cervecitas porque tengo el gaznate más seco que aquellos arenales de Salinas donde yo me crié.

Pues como te iba diciendo. Esa noche rompí el récord mundial de tres pisos de escaleras en la oscuridad. Ya ni sabía si Trompoloco me venía siguiendo. Cuando llegué frente a la puerta del apartamento traía la llave en la mano y la metí en la cerradura al primer golpe, como si la estuviera viendo. Y entonces, cuando abrí la puerta, lo primero que vi fue que había cuatro velas prendidas en la sala y unas cuantas vecinas allí sentadas, lo más tranquilas y dándole a la sin hueso que aquello parecía la olimpiada del bembeteo. Ave María, y es que ése es el deporte favorito de las mujeres. Yo creo que el día que les prohíban eso se forma una revolución más grande que la del Fidel Castro. Pero eso sí, cuando me vieron entrar así de sopetón, les pegué un susto que se quedaron mudas de repente. Cuantimás que yo ni siquiera dije buenas noches sino que ahí mismo empecé a preguntar: Oigan ¿y qué ha pasado con mi mujer? ¿Dónde está? ¿Se la llevaron? Y entonces una de las señoras viene y me dice: No, hombre, no, ella está ahí adentro lo más bien. Aquí estábamos comentando que para ser el primer parto… Y en ese mismo momento oigo aquellos berridos que empezó a pegar mi hijo allá en el cuarto. Bueno, yo todavía no sabía si era hijo o hija, pero lo que si te digo es que gritaba más que Daniel Santos en sus buenos tiempos. Y entonces le digo a la señora: Con permiso, doña, y me tiro para el cuarto y abro la puerta y lo primero que veo es aquel montón de velas prendidas que eso parecía un altar de iglesia. Y la comadrona allí trajinando con las palanganas y los trompos y esas cosas, y mi mujer en la cama quietecita, pero con los ojos bien abiertos. Y cuando me ve dice, así con la voz bien finita: Ay, mi hijo, qué bueno que llegaste. Yo ya estaba preocupada por ti. Fíjate, bendito, y que preocupada por mí, ella que era la que acababa de salir de ese brete del parto. Sí, hombre, las mujeres a veces tienen esas cosas. Yo creo que por eso es que les aguantamos sus boberías y las queremos tanto, ¿verdad? Entonces yo le iba a explicar el problema del subway y eso, cuando me dice la comadrona: Oiga, ese muchacho es la misma cara de usted. Venga a verlo, mire. Y era que estaba ahí en la cama al lado de mi mujer, pero como eran tan chiquito casi ni se veía. Entonces me acerco y le miro la carita, que era lo único que se le podía ver porque ya lo tenían más envuelto que pastel de hoja. Y cuando yo estoy ahí mirándolo me dice mi mujer: ¿Verdad que salió a ti? Y le digo: Sí, se parece bastante. Pero yo pensando: No, hombre, ése no se parece a mí ni a nadie, si lo que parece es un ratón recién nacido. Pero es que así somos todos cuando llegamos al mundo, ¿no? Y me dice mi mujer: Pues salió machito, como tú lo querías. Y yo, por decir algo: Bueno, a ver si la próxima vez formamos la parejita. Yo tratando de que no se me notara ese orgullo y esa felicidad que yo estaba sintiendo, ¿ves? Y entonces dice la comadrona: Bueno, ¿y qué nombre le van a poner? Y dice mi mujer: Pues el mismo del papá, para que no se le vaya a olvidar que es suyo. Bromeando, tú sabes, pero con su pullita. Y yo le digo: Bueno, nena, si ése es tu gusto… Y en eso ya mi hijo se había callado y yo empiezo a oír como una música que venía de la parte de arriba del building, pero una música que no era de radio ni de disco, ¿ves? Sino como de un conjunto que estuviera allí mismo, porque a la misma vez que la música se oía una risería y una conversación de mucha gente. Y le digo a mi mujer: Adiós, ¿y por ahí hay bachata? Y me dice: Bueno, yo no sé, pero parece que sí porque hace rato que estamos oyendo eso. A lo mejor es un party de cumpleaños. Y digo yo: ¿Pero así, sin luz? Y entonces dice la comadrona: Bueno, a lo mejor hicieron igual que nosotros, que salimos a comprar velas. Y en eso oigo yo que Trompoloco me llama desde la sala: Oye, oye, ven acá. Sí, hombre, Trompoloco que había llegado después que yo y se había puesto a averiguar. Entonces salgo y le digo: ¿Qué pasa? Y me dice: Muchacho, que allá arriba en el rufo está chévere la cosa. Sí, en el rufo, o sea en la azotea. Y digo yo: Bueno, pues vamos a ver qué es lo que pasa. Yo todavía sin imaginarme nada, ¿ves?

Entonces agarramos las escaleras y subimos y cuando salgo para afuera veo que allí estaba casi todo el building: doña Lula la viuda del primer piso, Cheo el de Aguadilla que había cerrado el cafetín cuando se fue la luz y se había metido en su casa, las muchachas del segundo que ni trabajan, ni están en el welfare según las malas lenguas, don Leo el ministro pentecostal que tiene cuatro hijos aquí y siete en Puerto Rico, Pipo y los muchachos de doña Lula y uno de los de don Leo, que ésos eran los que habían formado el conjunto con una guitarra, un güiro, unas maracas y hasta unos timbales que no sé de dónde los sacaron porque nunca los había visto por allí. Sí, un cuarteto. Oye, ¡y sonaba! Cuando yo llegué estaban tocando “Preciosa” y el que cantaba era Pipo, que tú sabes que es independentista y cuando llegaba a aquella parte que dice: Preciosa, preciosa te llaman los hijos de la libertad, subía la voz que yo creo que lo oía hasta en Morovis. Y yo allí parado mirando a toda aquella gente y oyendo la canción, cuando viene y se me acerca una de las muchachas del segundo piso, una medio gordita ella que creo que se llama Mirta, y me dice: Oiga, qué bueno que subió. Vengase para acá para que se dé un palito. Ah, porque tenían sus botellas y unos vasitos de cartón allí encima de una silla, y yo no sé si eran de Bacardí o Don Q, porque desde donde yo estaba no se veía tanto, pero le digo enseguida a la muchacha: Bueno, si usted me lo ofrece yo acepto con mucho gusto. Y vamos y me sirve el ron y entonces le pregunto: Bueno, ¿y por qué es la fiesta, si se puede saber? Y en eso viene doña Lula, la viuda, y me dice: Adiós, ¿pero usted no se ha fijado? Y yo miro así como buscando por los lados, pero doña Lula me dice: No, hombre, cristiano, por ahí no. Mire para arriba. Y cuando yo levanto la cabeza y miro, me dice: ¿Qué está viendo? Y yo: Pues la luna. Y ella ¿Y que más? Y yo: Pues las estrellas. ¡Ave María, muchacho, y ahí fue donde yo caí en cuenta! Yo creo que doña Lula me lo vio en la cara porque ya no me dijo nada más. Me puso las dos manos en los hombros y se quedó mirado ella también, quietecita, como si yo estuviera dormido y ella no quisiera despertarme. Porque yo no sé si tú me lo vas a creer, pero aquello era como un sueño. Había salido una luna de este tamaño, mira, y amarilla amarilla como si estuviera hecha de oro, y el cielo estaba todito lleno de estrellas como si todos los cocuyos del mundo se hubieran subido hasta allá arriba y después se hubieran quedado a descansar en aquella inmensidad. Igual que en Puerto Rico cualquier noche del año, pero era que después de tanto tiempo sin poder ver el cielo, por ese resplandor de las millones de luces eléctricas que se prenden aquí todas las noches, ya se nos había olvidado que las estrellas existían. Y entonces, cuando llevábamos yo no sé cuanto tiempo contemplando aquel milagro, oigo a doña Lula que me dice: Bueno, y parece que no somos los únicos que estamos celebrando. Y era verdad. Yo no podía decirte en cuántas azoteas del Barrio se hizo fiesta aquella noche, pero seguro que fue en unas cuantas, porque cuando el conjunto de nosotros dejaba de tocar, oíamos clarita la música que llegaba de otros sitios. Entonces yo pensé muchas cosas. Pensé en mi hijo que acababa de nacer y en lo que iba a ser su vida aquí, pensé en Puerto Rico y en los viejos y en todo lo que dejamos allá nada más que por necesidad, pensé tantas cosas que algunas ya se me han olvidado, porque tú sabes que la mente es como una pizarra y el tiempo como un borrador que le pasa por encima cada vez que se nos llena. Pero de lo que sí me voy a acordar siempre es de lo que le dije yo entonces a doña Lula, que es lo que te voy a decir ahora para acabar de contarte lo que tú querías saber. Y es que, según mi pobre manera de entender las cosas, aquélla fue la noche que volvimos a ser gente.

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I MARCHA SENDERISTA VALDEARENALES – GUAREÑA

Posted by Biblioteca Alange en marzo 13, 2012

 

Comienzo en la Ermita de San Isidro por el Camino del Arroyo Arriba y la Padronera de la nave de Herrera hasta el Camino Lomo. Continuando por la Vereda del término de Guareña con Cristina 2 Km, se cruza este término hasta la Sierrecilla Cristina 6,7 Km, se desciende por la Cañada Real Leonesa y se cruza el Camino Lomo, siguiendo la Cañada Real hasta el Camino del Arroyo Arriba 8,8 Km, enlazando con el Camino de Valderenales hasta el Camino de la Puebla 13,4 Km. Regresando a la Ermita por el Camino de Roza la China, Padronera de la Dehesa de Juan Retamar, cruzando esta hacia el Camino del Arroyo 16,2 Km, hasta la finalización en la Ermita 18 Km.

 Parajes del recorrido: Pantano San Roque, Los Frontones, Cebrial, Sierrecilla Cristina, Cañada Real Leonesa Occidental, Valdearenales, Rozala China, Dehesa de Juan Retamar y  Arroyo Arriba. 

 Daremos un avituallamiento sólido y líquido a mitad de recorrido en el cortijo de Doña Mari y al final para todos los participantes un pequeño aperitivo.

 

La Directivade Valdearenales (Guareña)

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Novedades adultos

Posted by Biblioteca Alange en marzo 12, 2012

  “En una época lejana, antes de que la historia avanzara penosamente sobre las colinas y destrozara el presente y el futuro, antes de que el viento agarrara la tierra por una esquina y la despojara de su nombre y de su carácter, antes de que Amal naciera, una pequeña aldea del este de Haifa vivía en paz de los higos, las olivas y el sol, con las fronteras abiertas.”
Así comienza Amaneceres en Jenin, la historia de Amal, de la aldea que sus padres perdieron para siempre con la ocupación israelí; del hermano que les robaron; del campo de refugiados de Jenin en el que ella se crió y donde, al amanecer, su padre le leía poemas en los que parecía dibujarse un futuro esperanzador que nunca llegó, que no ha llegado todavía.

  Cuentos de la tradición oral árabe, que destilan la sabiduría de una cultura auténticamente popular. El verbo es sutil, y oculta más de lo que muestra. Bajo la aparente salacidad y lujuria se oculta también toda una crítica social, de la que no se libra el orden político ni el religioso.

  Un hombre es destinado a una solitaria cabaña, a orillas de un fiordo, con la misión de alertar de la presencia de terroristas en la zona: esa situación de pesadilla, relacionada con el sentimiento de culpa de un funcionario de prisiones, conforma la atmósfera claustrofóbica del relato que da título a este libro de cuentos. La angustia provocada por el terrorismo tiñe otros cuentos del volumen y alcanza su máxima expresión en «Carne rota», un mosaico a partir de las vivencias de varios personajes en la tragedia del 11-M.

  Una misteriosa y aristocrática anciana fallece en su magnífica casa del paseo marítimo de Las Arenas. Aunque siempre la ha perseguido el rumor de un amor inconfesable, nadie conoce su pasado. El descubrimiento fortuito de sus cuadernos de juventud revela a Nelsy, su última cuidadora, la inesperada historia de una mujer fascinante y la memoria de una época marcada por la tragedia.

 

La apasionante historia de amor entre el monarca más poderoso de su tiempo y una joven dama de la corte

Salamanca, 1543: Un joven Felipe, hijo del emperador Carlos V, espera con nerviosismo la llegada de su futura esposa, Mª Manuela de Portugal. A sus dieciséis años, Felipe no puede disimular la decepción que le depara la princesa portuguesa, rolliza y poco agraciada. Su mente no puede dejar de evocar a la mujer que domina sus sueños más íntimos: Isabel de Osorio. En su misma noche de bodas con Mª Manuela, Felipe hace llamar a Isabel, quien acude presurosa a los brazos del príncipe, el hombre al que ama con locura… Una diosa para el rey nos abre la puerta a las cortes más importantes de la época y a los corazones de quienes las gobernaban.

  Madrid, primavera de 1939: Jimena Bartolomé, apenas salida de la adolescencia y recién casada con el amor de su vida, es encerrada en la cárcel de mujeres de Ventas. En esta siniestra institución, su directora, María Topete, gobierna el destino de las reclusas y de sus hijos…Ana R. Cañil recrea en Si a los tres años no he vuelto unos hechos terribles y prácticamente desconocidos de nuestra posguerra: la historia de las prisioneras cuyos hijos les fueron arrebatados por sus carceleros para internarlos en seminarios y conventos o darlos en adopción.Si a los tres años no he vuelto se convierte en una novela imposible de soltar por el hecho terrible que denuncia y por el enfrentamiento entre Jimena y María, dos mujeres inolvidables.

  Cinco personajes que, tras vivir momentos dolorosos, se preguntan sobre el sentido de la vida, y sobre la posibilidad de ser felices, vertebran los cinco relatos que componen este volumen. Si, en «La casa de los fantasmas», dos compañeros de universidad traban una intensa amistad que tras una larga separación se convertirá en un amor profundo, el segundo relato, «¡Mamaaa!», narra la historia de una joven que trabaja en una editorial y que, tras un incidente, tardará en recuperar la fe en las relaciones humanas. A su vez, «La luz que hay dentro de las personas» relata una hermosa pero trágica historia de amistad entre niños. En «La felicidad de Tomo-Chan», la ingenua protagonista consigue, pese a la adversidad, no perder jamás la esperanza y disfrutar de lo que le brinda el día a día. Por último, en «Recuerdos de un callejón sin salida», Mimi se desmorona cuando descubre que su novio la ha abandonado, y sólo la relación con Nishiyama, un joven que trabaja en un bar situado en un callejón sin salida, la ayudará a superar la tristeza.

  ¿Cómo se convierte una esposa en amante? Kate sabe que su matrimonio perdió la chispa hace años, aunque a su marido no parece importarle. Los hijos consumen todo su tiempo y energía, pero tiene que encontrar la manera de reavivar la pasión de antaño. ¿Cómo se convence a un hombre para que se convierta en el amor de tu vida? Sarah es enfermera de Médicos Sin Fronteras, y su hogar está en las sofocantes aldeas africanas. Pero el único hombre al que ha amado se mueve en los confines de una clínica climatizada de Los Ángeles. La imagen idealizada de este hombre del pasado le impide ver al amor de carne y hueso que tiene a su lado. ¿Cómo se convierte una mujer en madre de la noche a la mañana? La exitosa carrera de Jo la ha llevado a creer que carece del más mínimo instinto maternal. Cuando irrumpe en su vida una pequeña huerfanita, Jo se ve obligada a afrontar las secuelas de su desdichada infancia y a derribar el muro que protegía su corazón.

  Con demasiada frecuencia, en Europa nos apresuramos a desprendernos del legado de personajes intempestivos mediante el olvido o simplemente introduciéndoles en ese mundo de brumas que llamamos la fama. La creencia de que nadie es imprescindible ha sido una ley moral en las últimas décadas, origen de un entramado perverso sobre los usos y los lugares de la memoria. El pasado solo tiene interés en mostrarnos los caminos que nos ha llevado hasta hoy, no los senderos nunca transitados, las ocasiones perdidas, los proyectos malogrados. Los personajes intempestivos quisieron cambiar el ritmo de la historia, bien acelerándolo, bien configurando otras posibilidades.

Todos tienen en común, a día de hoy, una manifiesta incorrección política. A uno le gustaba la guerra como razón de la vida (Bertran de Born), otro cuestionó el orden del saber (Pedro Abelardo), otro se fraguó un lugar en la historia a base de mixtificaciones y de absorción de los valores del otro porque también la impostura es intempestiva en ocasiones (Ricardo Corazón de León). Uno se supo perdedor al apostar por la aventura promovida por las novelas (Boucicaut); otro supo que el triunfo es la puerta de entrada al fracaso (el Gran Capitán). Hay quien apostó la reputación social para encontrar respuestas a un tema ardorosamente moderno como el amor (Guillermo de Aquitania). Uno vivió la cotidianidad como una moral de trabajo (Ricardo Guillem); otro invirtió esfuerzos y recursos para convertise en una leyenda en vida (El Cid). Uno mostró toda la genialidad que un hombre es capaz de hacer y se le reconoció pero no valoró (Leonardo). Uno pensó España antes de tiempo (Don Juan Manuel) y oro buscó un soporte moderno a la pintura (Rembrandt). Y, por fin, el hombre que convirtió la música es un medio de vida (Mozart).
Todos ellos construyeron la historia desde una personalidad fuerte, a contracorriente, conscientes de que el sacrificio personal a menudo es necesario para iluminar nuevos caminos.

 

   

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Novedades infantiles y juveniles

Posted by Biblioteca Alange en marzo 12, 2012

  Hacía mucho tiempo que los animales deseaban averiguar a qué sabía la luna. ¿Sería dulce o salada? Tan solo querían probar un pedacito. Por las noches, miraban ansiosos hacia el cielo. Se estiraban e intentaban cogerla…¿Quién no soñó alguna vez con darle un mordisco a la luna? Este fue precisamente el deseo de los animales de este cuento. Tan sólo querían probar un pedacito pero, por más que se estiraban, no eran capaces de tocarla. Entonces, la tortuga tuvo una genial idea: “Quizás entre todos podamos alcanzarla”.

  Aventuras formidables y fabulosas que siguen fascinándonos.Jasón y el Vellocino de oro, el combate de Teseo contra el Minotauro, Cronos devorando a sus hijos o los amores de Edipo son algunas de las historias que protagonizan este libro lleno de dioses, ninfas, sátiros, héroes, musas, cíclopes y multitud de seres fantásticos.

 Vuelta de tuerca a la leyenda de San Jorge y el Dragón.

Todos sabemos que los caballeros valerosos luchan contra dragones feroces pero ¿qué pasa si el caballero se enfrenta a un dragón convencido de que «dos no se pelean si uno no quiere»?
Eso es lo que descubre un niño sobre el dragón que habita la colina cerca de su casa. ¡Hará falta mucho ingenio para no desmentir la leyenda del dragón que fue valientemente abatido por San Jorge…!

  Un hipopótamo, harto de su aburrida vida en el zoo, pide ayuda a una niña para salir de su jaula y volver a la selva. Pero nadie sabe indicarle el camino a África, y lo único que consigue este incomprendido animal es deambular por la ciudad asombrando a todos los transeúntes, aunque la razón de su sorpresa no sea su apariencia.

  Emil vivía en un libro, bueno, para ser más exactos en la ilustración de un libro. No era un personaje importante en la historia, el protagonista era un cocodrilo que hablaba. Un día Emil se dio cuenta que empujando fuerte la línea que limitaba la ilustración, podía romperla y entrar en otra página, o lo que es lo mismo, en otro mundo; y eso fue lo que hizo, dio un taconazo y…

 

  Lucky tiene miedo: si su tutora Brigitte vuelve a Francia y la abandona en Pote Seco, la van a enviar a algún orfanato de Los Ángeles, donde su querida perrita no podrá quedarse. ¿La solución? Escaparse. Pero un día de tormenta de polvo no es el más adecuado para fugarse…

   Tanto Oriente como Occidente cuentan en su literatura con el género fabulístico, y de estas tradiciones procede la selección que se ha realizado para este volumen.

  Y esto qué es? Este es el gato que pilló a la urraca que robó el anillo de la Princesa de Trujillo… ¿Y esto qué es?

La Princesa de Trujillo es un cuento acumulativo clásico, pero con un desenlace y una forma de presentación adaptados, que recupera los elementos más típicos de las series que aparecen en la tradición europea: gato, perro, palo, fuego, agua…

  El Caballero de la armadura oxidada no es un libro… es una experiencia que expande nuestra mente, que nos Ilega al corazón y alimenta nuestra alma. Sus profundas enseñanzas éticas son de una sencillez y humildad tal que se consiguen interiorizar naturalmente y la riqueza de su prosa nos inunda de belleza.El protagonista, un caballero deslumbrado por el brillo de su propia armadura, a pesar de ser bueno, generoso y amoroso, no consigue comprender y valorar con profundidad lo que tiene, descuidando «sin querer» las cosas y las personas que le rodean.Su armadura se va oxidando hasta que deja de brillar y, cuando se da cuenta, ya no puede quitársela.Prisionero de sí mismo, emprende entonces un viaje al final del cual, gracias a la ayuda de diversos personajes, logra deshacerse de la armadura que le ha imposibilitado abrirse al mundo.

 

 
 
 

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