Blog de la Biblioteca Municipal de Alange

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Mujeres escritoras III: en busca de una voz

Posted by Biblioteca Alange en febrero 18, 2010

 

 

 

 

   Al analizar en profundidad  los escasos trabajos sobre escritoras del Siglo de Oro con los que contamos, se puede llegar a la conclusión de que no existe una uniformidad  numérica a lo largo de los dos siglos de que consta este periodo histórico.  La mayoría de las escritoras de las que tenemos noticia vivieron en los últimos decenios del siglo XVI y a lo largo del XVII.

   Pero antes de hablar de mujeres escritoras, debemos tener en cuenta la situación de analfabetismo en la que está sumida la población en este momento. Aún así, Antonio Viñao en su texto “La alfabetización en España: un proceso cambiante de un mundo multiforme”, nos dice que España contaba durante el siglo XVI con un nivel de alfabetización en algunos casos superior al de otros países europeos. Esta “revolución educativa” no afectó a toda la población en general, fueron las clases urbanas las beneficiarias de este cambio de rumbo en la educación. Antonio Viñao afirma que fueron las mujeres el grupo de población en el que más avanzó la alfabetización en el Siglo de Oro, en concreto la mujer urbana noble y  de finales del siglo XVI. Si bien podríamos hablar de la adquisición de una cultura, en la mayoría de los casos, pasiva que no tendría una correspondencia en la creación de esta cultura.

   Para realizar  el estudio de las mujeres escritoras durante el siglo XVI no nos son válidos los métodos de análisis tradicionales utilizados por la Historia de la Literatura, ya que estos nos llevarían a constatar únicamente una serie de nombres sueltos que sería difícil adscribir a ningún movimiento con características comunes entre las mujeres escritoras de este momento.  Partimos, por lo tanto, de la clasificación de las obras escritas por mujeres según si éstas  tuvieron una difusión en el ámbito público o privado. En este sentido, cuanto mayor sea el poder del grupo al que la escritora dirija su discurso, mayor podemos decir que resultará su grado de transgresión con respecto a las normas  vigentes.

   Estableceremos tres ámbitos desde los cuales las obras escritas por mujeres serán difundidas a  la sociedad: el privado, el semi-público y el público.

  1. Ámbito privado. La novela sentimental  y  los libros de caballería, obras favoritas de las mujeres, supusieron un modelo para muchas de ellas  que mantuvieron una correspondencia privada. Mª Carmen Marín Pina en su estudio  “ Las cartas de amor caballerescas como modelos epistolares” nos comenta que las cartas de amor insertadas en los textos caballerescos, a veces, eran separadas por los editores y recogidas en las tablas de capítulos que acompañan a alguna de las ediciones. En dichas tablas se consigna la referencia de las epístolas amorosas que contiene la obra. Todo ello encaminado a facilitar a los lectores la búsqueda  de unas cartas que les servirían de ejemplo y modelo epistolar.

   Las cartas escritas por mujeres eran socialmente aceptadas  siempre y cuando éstas no trascendieran al ámbito de lo público y estuvieran de acuerdo  con el cumplimiento de

las normas reservadas a la condición femenina. Sin embargo, algunas de estas epístolas rebasaron el ámbito de lo privado y, por una razón u otra, llegaron a un receptor más amplio.  Este es el caso de muchas mujeres que destinaron sus misivas a los emigrantes a Indias. La carta “preserva los vínculos en la distancia y se configura como un espacio a través del cual se expresan y desarrollan las identidades personales, familiares  o sociales”, nos dice Antonio Castillo Gómez.

  También encontramos algunos casos como es el de doña Estefanía de Requesens de la cual se ha conservado el epistolario que mantuvo con su madre la Condesa de Palamós.

“ Para Estefanía de Requesens, era un modo de rendir cuentas a su madre, la condesa de Palamós, durante su estancia en la corte de Carlos V junto a su marido ” , continúa Castillo Gómez.

  1. Ámbito semi-privado.  Dentro de este ámbito habría que diferenciar  dos tipos de textos distintos: los que están escritos para un uso personal, pero que después por distintas razones alcanzan una dimensión pública y los que se escriben ya de antemano para un círculo reducido de receptores. Estos últimos, a diferencia de los anteriores, tendrán desde el principio un receptor colectivo.

   Será en los conventos donde se desarrollen  fundamentalmente estos escritos. En este ámbito las mujeres no tendrán que responder por haber transgredido la norma del silencio, ya que sus textos van dirigidos a sus iguales receptoras y en el caso de que  sobrepasen los muros del convento será la comunidad la que los validará.

   Según la difusión posterior que estos escritos tengan se establecerán dos grupos diferentes: casos que no trascienden al ámbito público y casos que pasan a la difusión pública.

2.1   Casos que no trascienden al ámbito público. Podemos consignar ejemplos de  religiosas que escribieron para sí mismas o para el convento al que pertenecían.  Estas autoras intentaban ganar la autoridad necesaria para que sus escritos fueran valorados por diferentes medios. En algunos casos, como el de Teresa de Cartagena fue su origen noble y culto el que le proporcionará la autoridad para hacer llegar sus escritos a un receptor más amplio en el cual se incluyen los receptores masculinos. En otros, como es el caso de Sor Juana de la Cruz, su discurso se verá autorizado por ser ella mediadora de la palabra divina. Al igual que Teresa de Cartagena y Sor Juana de la Cruz, pueden mencionarse otras  mujeres cuyas obras tuvieron su origen en el convento, como son Constanza de Castilla y Francisca de Jesús Borja Enríquez. Incluso encontramos el caso de seglares como Isabel Ortiz.

2.2   Casos que pasan a la difusión pública.  La imprenta jugó un papel fundamental para que algunas obras escritas por religiosas tuvieran una difusión más allá de las paredes conventuales. La Vita Christi de Isabel de Villena (1430-1490), descendiente de una ilustre familia, se llevó a la imprenta por mediación de Isabel la Católica y obtuvo una gran difusión extra conventual, tal vez por verse autorizado por la misma reina. 

    Publicado en vida de su autora el Libro de la oración, de María de Santo Domingo (1486-1524), está formado por un conjunto de textos, algunos de un anónimo religioso y otros de la religiosa. En el mismo libro se nos explica que fue responsabilidad masculina el hecho de que el texto pasara de su carácter oral primigenio a la escritura, con lo cual la autora no se ve en la obligación de explicar su condición de escritora.

   A modo de conclusión, podemos decir que la difusión que adquieren las obras de las escritoras mencionadas, de contenido siempre devoto,  es muy desigual. Algunas de ellas no saldrán del ámbito del convento, mientras que otras podrán ser publicadas y aún así sus autoras no tendrán en su mano el poder de difundir su obra, sino que serán otras personas y circunstancias ajenas a ellas las encargadas del proceso de publicación y difusión. Un proceso que se iniciará en la palabra escrita y que posteriormente podrá llegar a la escritura si su discurso consigue la autoridad suficiente para ello.

  1. En el espacio público.  A principios del siglo XVI podemos hablar de algunas obras de carácter religioso publicadas por mujeres como las Epístolas y oraciones de Santa Catalina de Siena o el Libro de la vida de Ángela de Fulginio, pero no será hasta 1545 cuando veamos publicada la primera obra profana el Cristalián de España, escrito por Beatriz Bernal. Ésta podría considerarse la primera obra que fue publicada por propia iniciativa de su autora. Aunque la misma autora, respetando los códigos del género de las novelas de caballerías, se escude en el hecho de haber encontrado el libro y haberlo únicamente traducido para una mejor comprensión del texto, hay que reconocer la importancia que este hecho conlleva.

Posteriormente (1566), aparecerá publicada la obra de Luisa Sigea, Syntra Aloysoae Toletanae, aliaque eiusdem ac nonnullorum praeterea virorum ad eamdem epigrammata.

   A pesar de los ejemplos expuestos, no podemos afirmar que en España las mujeres escritoras se hicieran de un espacio literario propio durante el Renacimiento, como de hecho ocurrió en otros países como Francia e Italia. Esto impidió sentar las bases para los escritos de autoras posteriores.

   Esta situación cambiará con Santa Teresa de Jesús, la cual sí será  tomada como modelo por las mujeres escritoras de los primeros decenios del siglo XVII.

 

                                                                                                                                                                                                                                         Trinidad Zurita Corbacho

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