Blog de la Biblioteca Municipal de Alange

Espacio dedicado a difundir la actividad de la biblioteca y foro de discusión sobre la cultura en general.

Archive for 26 febrero 2010

Con humor

Posted by Biblioteca Alange en febrero 26, 2010

  

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Nueva edición de la campaña “Un libro es un amigo”

Posted by Biblioteca Alange en febrero 25, 2010

 

EL AMIGO QUE VINO DEL MAR.
( Mariano Vara)
Juan no corre tanto como sus amigos ni es bueno jugando al fútbol: por eso, prefiere pasear solo por la playa. Pero un nuevo amigo que vine desde el mar, cambiará su vida para siempre.
Juan encuentra el valor que no creía tener y se convierte en un héroe defensor de los animales.

EL AMIGO QUE VINO DEL MAR

           El pasado martes 23 asistimos en Puebla de la Calzada a una jornada informativa/formativa en la que se nos notificaron las fechas en las que tendremos en Alange el encuentro con autor y el cuentacuentos de la nueva edición de la Campaña de Animación a la Lectura “Un libro es un amigo”. Esta campaña está promovida por la Diputación de Badajoz y la Fundación Germán Sánchez Ruipérez.

          El encuentro con autor se celebrará el 18 de mayo y estará a cargo de Mariano Vara que comentará con los alumnos de 5º y 6º del Colegio su libro “El amigo que vino del mar”. Este libro plantea la problemática de la destrucción del medio ambiente por medio de la historia entre un chico de doce años y una foca. Previamente  al encuentro con el autor, se realizarán actividades conjuntas entre la biblioteca y el colegio con el fin de preparar el encuentro y conseguir la mejor interpretación posible del texto a comentar.

         El cuentacuentos tendrá lugar el 27 de octubre, ya que se nos requería por parte de la Diputación  unos meses de separación entre ambas actividades. Este año contaremos con el cuentacuentos Pepepérez, que realizará dos sesiones, una por la mañana con los niños de 1º y 2º del Colegio y otra por la tarde con adultos. Hemos apostado de nuevo este año por la sesión con adultos dado el éxito obtenido el año anterior con el cuentacuentos con Juan Arjona.

        Estamos en la completa seguridad de que estas actividades tendrán la misma aceptación que tuvieron las que se desarrollaron en años anteriores cuando contamos con Jesús Sánchez Adalid y Juan Arjona.

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Día mundial de la poesía 2010

Posted by Biblioteca Alange en febrero 24, 2010

 

     Serafín Portillo, coordinador del Plan de Fomento de la Lectura, nos ha remitido una invitación al acto que tendrá lugar en el Gran Teatro de Cáceres el día 21 de marzo con motivo del Día Mundial de la Poesía.

     Este acto estará abierto a toda persona que desee asistir, sea o no miembro del Club de Lectura. Aquellos que lo deseen podrán realizar lecturas de poemas propios o poemas de sus autores preferidos.

    Se presentarán las novedades de la última poesía extremeña presentada por los propios autores y con la asistencia destacada del último Premio Nacional de Poesía de España, el poeta Juan Carlos Mestre. Además, al celebrarse este año el centenario del nacimiento de Miguel Hernández, se realizará  un homenaje musical al autor de Cancionero y romancero de ausencias.

      La  programación del acto será la siguiente:

  •         11:00 a 11.05            PRESENTACIÓN DEL ACTO       
  •         11.05 a  11.30           LECTURA DE POEMAS POR PARTE DE LOS VOLUNTARIOS INSCRITOS.
  •         11.30 a 12:00            NOVEDADES EN LA POESÍA EXTREMEÑA
  •         12:00 a 12:30           DESCANSO
  •         12.30 a 13.10           JUAN CARLOS MESTRE. Premio Nacional de Poesía 2009
  •         13.10 a  14.15           PACO DAMAS. Homenaje musical a Miguel Hernández.

 

     El Club de Lectura de Alange estará en Cáceres el día 21 de marzo y animamos a aquellos/as que quieran acompañarnos ese día.

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Te tengo

Posted by Rosario Martín en febrero 24, 2010

 
 
 
 
Amor que no estás aquí
y sin embargo te veo
lejos en la nube gris,
también en aquel cerezo.
 
Amor que no estás aquí
y sin embargo te siento,
un pajarillo que canta
el río con su lamento.
..
El aire me habla de ti
la tierra abraza mi cuerpo,
tu fuego del sol me llega,
del agua húmedos besos.
 
Los elementos unidos
para aliviar mis deseos,
amor que no estás aquí
y sin embargo te tengo.
 
.
Rosario Martín
2007

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“Shutter island”,del papel al cine

Posted by juanjobgoya en febrero 24, 2010

 

 

SHUTTER ISLAND

 

“Shutter Island” es una película protagoinzada por Leonardo DiCaprio y dirigida por Martin Scorsese. La producción está basada en la novela homónima escrita por Dennis Lehane.
El filme es un “thriller” policial con elementos de fantasía y horror en el que Di Caprio interpreta a un oficial que investiga una desaparición en un asilo pisquiátrico en los años 50.
Ambientada en 1954, Shutter Island cuenta lo que ocurre cuando dos policías viajan desde Boston hasta una isla donde se encuentra un hospital psiquiátrico, el Ashecliffe, para investigar la misteriosa desaparición de una asesina, Rachel Solando, que ha sido internada allí.

Shutter Island - Lehane, Dennis

Dennis Lehane nació en el 1966 en Boston, Massachusetts.
Tres de sus novelas han sido llevadas al cine: Mystic River (2001), Gone Baby Gone (2008), y la mencionada Shutter Island (2003) y varias han merecido premios, incluyendo A drink before the war y el bestseller Mystic River. Nació en Dorchester, Boston, y los espacios de su ciudad han servido de inspiración para los ambientes populares urbanos de sus novelas. De ascendencia irlandesa, sus historias retratan la vida de grupos inmigrantes o marginados en Boston, a la vez que constituyen un retrato de la cultura irlandesa, resaltando el peso de la religión católica en varios de sus personajes.
Si tenéis la oportunidad de verla, os fascinará. Estás tensionado durante toda la película, hasta el final.  El ambiente es 100% kafkiano.
También os invito a que leáis la novela del mismo nombre, os gustará aún más.
¡Disfrutadla!

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“La ajorca de oro” de Gustavo Adolfo Bécquer

Posted by Biblioteca Alange en febrero 19, 2010

LA AJORCA DE ORO
(Leyenda de Toledo)

Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo, hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.

El la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límite; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios, amor que se asemeja a la felicidad y que, no obstante, diríase que lo infunde el Cielo para la expiación de una culpa.

Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, como todas las mujeres del mundo; él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su época. Ella se llamaba María Antúnez; él, Pedro Alonso de Orellana. Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vio nacer.

La tradición que refiere esta maravillosa historia acaecida hace muchos años, no dice nada más acerca de los personajes que fueron sus héroes.

Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola palabra de mi cosecha para caracterizarlos; mejor.

El la encontró un día llorando, y la preguntó:

¿Por qué lloras?

Ella se enjugó los ojos, lo miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a llorar.

Pedro, entonces, acercándose a María le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río y tornó a decirle:

¿Por qué lloras?

El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial. El sol trasponía los montes vecinos; la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio.

María exclamó:

No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes, pues ni yo sabré contestarte ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio, fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni aun concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada.

Cuando estas palabras expiraron, ella tornó a inclinar la frente y él a reiterar sus preguntas.

La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio dijo a su amante con voz sorda y entrecortada:

Tú lo quieres; es una locura que te hará reír; pero no importa; te lo diré, puesto que lo deseas. Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen, su imagen, colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como un ascua de fuego; las notas del órgano temblaban, dilatándose de eco en eco por el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve, Regina. Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué mis ojos se fijaron, desde luego, en la imagen; digo mal; en la imagen, no; se fijaron en un objeto que, hasta entonces, no había visto, un objeto que, sin que pudiera explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención… No te rías…; aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en que descansa su Divino Hijo… Yo aparté la vista y torné a rezar… ¡Imposible! Mis ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar, reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una manera prodigiosa. Millones de chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas, volteaban alrededor de las piedras como un torbellino de átomos de fuego, como una vertiginosa ronda de esos espíritus de las llamas que fascinan con su brillo y su increíble inquietud… Salí del templo; vine a casa, pero vine con aquella idea fija en la imaginación. Me acosté para dormir; no pude… Pasó la noche, eterna con aquel pensamiento… Al amanecer se cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás?, aún en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y pedrería; una mujer, sí, porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo; era una mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reía mofándose de mí. ¿La ves? parecía decirme, mostrándome la joya. ¡Cómo brilla! Parece un círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. ¿La ves? Pues no es tuya, no lo será nunca, nunca… Tendrás acaso otras mejores, más ricas, si es posible; pero ésta, ésta, que resplandece de un modo tan fantástico, tan fascinador…, nunca, nunca. Desperté; pero con la misma idea fija aquí, entonces como ahora, semejante a un clavo ardiendo, diabólica, incontrastable, inspirada sin duda por el mismo Satanás… ¿Y qué?… Callas, callas y doblas la frente… ¿No te hace reír mi locura?

Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su espada, levantó la cabeza, que, en efecto, había inclinado, y dijo con voz sorda:

-¿Qué Virgen tiene esa presea?

-La del Sagrario-  murmuró María.

-¡La del Sagrario! -repitió el joven con acento de terror-. ¡La del Sagrario de la Catedral! …

Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su alma, espantada de una idea.

-¡Ah! ¿Por qué no la posee otra Virgen? -prosiguió con acento enérgico y apasionado-. ¿Por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona o el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la vida o la condenación. Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona, yo…, yo, que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!

-¡Nunca! -murmuró María con voz casi imperceptible-. ¡Nunca!

Y siguió llorando.

Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del río; en la corriente, que pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial.

¡La Catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantescas palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado, el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.

Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas donde lucha y se pierde con la oscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.

Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo y de la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado a porfía el tesoro de sus creencias; de su inspiración y de sus artes.

En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo y un santo honor que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra. La consunción material se alivia respirando el aire puro de las montañas; el ateísmo debe curarse respirando su atmósfera de fe.

Pero si grande, si imponente se presenta la catedral a nuestros ojos a cualquier hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan profunda como en los días en que despliega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro y pedrería; sus gradas, de alfombras, y sus pilares, de tapices.

Entonces cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro y la armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas que lo coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios, que vive en él, y lo anima con su soplo, y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.

El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir se celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de la Virgen.

La fiesta religiosa había traído a ella una multitud inmensa de fieles; pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones, ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano, cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba en que se apoyó un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí, la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.

Era Pedro.

¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se aprestara, al fin, a poner por obra una idea que sólo al concebirla había erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo saberse. Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar a cabo su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.

La catedral estaba sola, completamente sola y sumergida en un silencio profundo. No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, o murmullos del viento, o, ¿quién sabe?, acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo que no existe; pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora a sus espaldas, ora a su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.

Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino; llegó a la verja y siguió la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario, a cuya sombra descansan por toda una eternidad. ¡Adelante!, murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos se erizaron de horror; el suelo de la capilla lo formaban anchas y oscuras losas sepulcrales.

Por un momento creyó que una mano fría y descarnada lo sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas, que brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron a su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y osciló el templo todo, con sus arcadas de granito y sus manchones de sillería.

¡Adelante!, volvió a exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara; y trepando por ella, subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas o luz dudosa, más imponente aún que la oscuridad. Sólo la Reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreír tranquila, bondadosa y serena en medio de tanto horror.

Sin embargo, aquella sonrisa muda e inmóvil que lo tranquilizara un instante concluyó por infundirle temor, un temor más extraño, más profundo que el que hasta entonces había sentido.

Tornó empero a dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la mano, con un movimiento convulsivo, y le arrancó la ajorca, la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo arzobispo, la ajorca de oro cuyo valor equivalía a una fortuna.

Ya la presea estaba en su poder; sus dedos crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural; sólo restaba huir, huir con ella; pero para esto era preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que, semejantes a blancos y gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extraños.

Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de sus labios. La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos y ocupaban todo el ámbito de la iglesia y lo miraban con sus ojos sin pupila.

Santos, monjes, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas y villanos se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. A sus pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que, arrastrándose por las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles, suspendidos en las bóvedas ululaba, como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.

Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre oscureció sus pupilas; arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.

Cuando al otro día los dependientes de la iglesia lo encontraron al pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse exclamó con una estridente carcajada:-

-¡Suya, suya!

El infeliz estaba loco.

 

    En La ajorca de oro, primera de las leyendas publicadas en 1861, Bécquer nos conduce al ambiente toledano. En ella destaca la descripción de la catedral, según la pauta ensayada en la Historia de los Templos. Pedro, el protagonista, empujado por el capricho de su amada, María, pretende robar para ella una ajorca de la Virgen del Sagrario, pero al tratar de huir con la joya ve que las innumerables estatuas del templo han descendido de sus nichos y ocupan todo el ámbito de la iglesia. Pedro enloquece de terror. Rica Brown subraya en la leyenda la presencia de una mujer de naturaleza inestable y caprichosa, capaz de perder al hombre con el hechizo de su hermosura, teme éste sobre el cual muestra Bécquer gran interés a lo largo de toda su obra.

     Gustavo Adolfo Bécquer será uno de los autores de los que nos ocuparemos en nuestro viaje literario a Sevilla. Con motivo de este viaje, Nicolás Megías Berdonce se encargará de leernos esta leyenda y de hablarnos de su autor en uno de los programas radiofónicos que desde el Club de Lectura venimos realizando regularmente para dar a conocer autores, movimientos literarios y diferentes temas culturales en general.

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Mujeres escritoras III: en busca de una voz

Posted by Biblioteca Alange en febrero 18, 2010

 

 

 

 

   Al analizar en profundidad  los escasos trabajos sobre escritoras del Siglo de Oro con los que contamos, se puede llegar a la conclusión de que no existe una uniformidad  numérica a lo largo de los dos siglos de que consta este periodo histórico.  La mayoría de las escritoras de las que tenemos noticia vivieron en los últimos decenios del siglo XVI y a lo largo del XVII.

   Pero antes de hablar de mujeres escritoras, debemos tener en cuenta la situación de analfabetismo en la que está sumida la población en este momento. Aún así, Antonio Viñao en su texto “La alfabetización en España: un proceso cambiante de un mundo multiforme”, nos dice que España contaba durante el siglo XVI con un nivel de alfabetización en algunos casos superior al de otros países europeos. Esta “revolución educativa” no afectó a toda la población en general, fueron las clases urbanas las beneficiarias de este cambio de rumbo en la educación. Antonio Viñao afirma que fueron las mujeres el grupo de población en el que más avanzó la alfabetización en el Siglo de Oro, en concreto la mujer urbana noble y  de finales del siglo XVI. Si bien podríamos hablar de la adquisición de una cultura, en la mayoría de los casos, pasiva que no tendría una correspondencia en la creación de esta cultura.

   Para realizar  el estudio de las mujeres escritoras durante el siglo XVI no nos son válidos los métodos de análisis tradicionales utilizados por la Historia de la Literatura, ya que estos nos llevarían a constatar únicamente una serie de nombres sueltos que sería difícil adscribir a ningún movimiento con características comunes entre las mujeres escritoras de este momento.  Partimos, por lo tanto, de la clasificación de las obras escritas por mujeres según si éstas  tuvieron una difusión en el ámbito público o privado. En este sentido, cuanto mayor sea el poder del grupo al que la escritora dirija su discurso, mayor podemos decir que resultará su grado de transgresión con respecto a las normas  vigentes.

   Estableceremos tres ámbitos desde los cuales las obras escritas por mujeres serán difundidas a  la sociedad: el privado, el semi-público y el público.

  1. Ámbito privado. La novela sentimental  y  los libros de caballería, obras favoritas de las mujeres, supusieron un modelo para muchas de ellas  que mantuvieron una correspondencia privada. Mª Carmen Marín Pina en su estudio  “ Las cartas de amor caballerescas como modelos epistolares” nos comenta que las cartas de amor insertadas en los textos caballerescos, a veces, eran separadas por los editores y recogidas en las tablas de capítulos que acompañan a alguna de las ediciones. En dichas tablas se consigna la referencia de las epístolas amorosas que contiene la obra. Todo ello encaminado a facilitar a los lectores la búsqueda  de unas cartas que les servirían de ejemplo y modelo epistolar.

   Las cartas escritas por mujeres eran socialmente aceptadas  siempre y cuando éstas no trascendieran al ámbito de lo público y estuvieran de acuerdo  con el cumplimiento de

las normas reservadas a la condición femenina. Sin embargo, algunas de estas epístolas rebasaron el ámbito de lo privado y, por una razón u otra, llegaron a un receptor más amplio.  Este es el caso de muchas mujeres que destinaron sus misivas a los emigrantes a Indias. La carta “preserva los vínculos en la distancia y se configura como un espacio a través del cual se expresan y desarrollan las identidades personales, familiares  o sociales”, nos dice Antonio Castillo Gómez.

  También encontramos algunos casos como es el de doña Estefanía de Requesens de la cual se ha conservado el epistolario que mantuvo con su madre la Condesa de Palamós.

“ Para Estefanía de Requesens, era un modo de rendir cuentas a su madre, la condesa de Palamós, durante su estancia en la corte de Carlos V junto a su marido ” , continúa Castillo Gómez.

  1. Ámbito semi-privado.  Dentro de este ámbito habría que diferenciar  dos tipos de textos distintos: los que están escritos para un uso personal, pero que después por distintas razones alcanzan una dimensión pública y los que se escriben ya de antemano para un círculo reducido de receptores. Estos últimos, a diferencia de los anteriores, tendrán desde el principio un receptor colectivo.

   Será en los conventos donde se desarrollen  fundamentalmente estos escritos. En este ámbito las mujeres no tendrán que responder por haber transgredido la norma del silencio, ya que sus textos van dirigidos a sus iguales receptoras y en el caso de que  sobrepasen los muros del convento será la comunidad la que los validará.

   Según la difusión posterior que estos escritos tengan se establecerán dos grupos diferentes: casos que no trascienden al ámbito público y casos que pasan a la difusión pública.

2.1   Casos que no trascienden al ámbito público. Podemos consignar ejemplos de  religiosas que escribieron para sí mismas o para el convento al que pertenecían.  Estas autoras intentaban ganar la autoridad necesaria para que sus escritos fueran valorados por diferentes medios. En algunos casos, como el de Teresa de Cartagena fue su origen noble y culto el que le proporcionará la autoridad para hacer llegar sus escritos a un receptor más amplio en el cual se incluyen los receptores masculinos. En otros, como es el caso de Sor Juana de la Cruz, su discurso se verá autorizado por ser ella mediadora de la palabra divina. Al igual que Teresa de Cartagena y Sor Juana de la Cruz, pueden mencionarse otras  mujeres cuyas obras tuvieron su origen en el convento, como son Constanza de Castilla y Francisca de Jesús Borja Enríquez. Incluso encontramos el caso de seglares como Isabel Ortiz.

2.2   Casos que pasan a la difusión pública.  La imprenta jugó un papel fundamental para que algunas obras escritas por religiosas tuvieran una difusión más allá de las paredes conventuales. La Vita Christi de Isabel de Villena (1430-1490), descendiente de una ilustre familia, se llevó a la imprenta por mediación de Isabel la Católica y obtuvo una gran difusión extra conventual, tal vez por verse autorizado por la misma reina. 

    Publicado en vida de su autora el Libro de la oración, de María de Santo Domingo (1486-1524), está formado por un conjunto de textos, algunos de un anónimo religioso y otros de la religiosa. En el mismo libro se nos explica que fue responsabilidad masculina el hecho de que el texto pasara de su carácter oral primigenio a la escritura, con lo cual la autora no se ve en la obligación de explicar su condición de escritora.

   A modo de conclusión, podemos decir que la difusión que adquieren las obras de las escritoras mencionadas, de contenido siempre devoto,  es muy desigual. Algunas de ellas no saldrán del ámbito del convento, mientras que otras podrán ser publicadas y aún así sus autoras no tendrán en su mano el poder de difundir su obra, sino que serán otras personas y circunstancias ajenas a ellas las encargadas del proceso de publicación y difusión. Un proceso que se iniciará en la palabra escrita y que posteriormente podrá llegar a la escritura si su discurso consigue la autoridad suficiente para ello.

  1. En el espacio público.  A principios del siglo XVI podemos hablar de algunas obras de carácter religioso publicadas por mujeres como las Epístolas y oraciones de Santa Catalina de Siena o el Libro de la vida de Ángela de Fulginio, pero no será hasta 1545 cuando veamos publicada la primera obra profana el Cristalián de España, escrito por Beatriz Bernal. Ésta podría considerarse la primera obra que fue publicada por propia iniciativa de su autora. Aunque la misma autora, respetando los códigos del género de las novelas de caballerías, se escude en el hecho de haber encontrado el libro y haberlo únicamente traducido para una mejor comprensión del texto, hay que reconocer la importancia que este hecho conlleva.

Posteriormente (1566), aparecerá publicada la obra de Luisa Sigea, Syntra Aloysoae Toletanae, aliaque eiusdem ac nonnullorum praeterea virorum ad eamdem epigrammata.

   A pesar de los ejemplos expuestos, no podemos afirmar que en España las mujeres escritoras se hicieran de un espacio literario propio durante el Renacimiento, como de hecho ocurrió en otros países como Francia e Italia. Esto impidió sentar las bases para los escritos de autoras posteriores.

   Esta situación cambiará con Santa Teresa de Jesús, la cual sí será  tomada como modelo por las mujeres escritoras de los primeros decenios del siglo XVII.

 

                                                                                                                                                                                                                                         Trinidad Zurita Corbacho

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Cien metrónomos biológicos

Posted by jfgordo en febrero 16, 2010

Tac, tac, tac, tac… El metrónomo, inexcusable, va marcando los latidos de la vida que imita en su maquinal existencia.

Cien metrónomos al unísono, desacompasados, marcando los latidos de la vida que imitan en una estridente orgía de desesperación y nerviosismo. Uno no funciona, otro se detiene. Así, poco a poco van callando como si Moebius diera cuenta de sus tiempos.

Van marcando el tempo, como una viuda que parpadea esperando un instante de eternidad que sabe que no va a llegar. Ya no quedan ni la mitad, cincuenta metrónomos han detenido su obsesivo tac, tac, tac, tac…

Los que quedan van tocando un réquiem por sus compañeros silenciados, a sabiendas de que ellos también se detendrán dentro de no mucho.

Tac, tac, tac, tac… Unos se van deteniendo lentamente. Otros enmudecen de golpe. Todos van siendo asistidos por el silencio, un silencio que se va abriendo paso y ya apenas se oye el movimiento oscilante de tres aparatos.

Los tres están asustados, uno de ellos más cansado que los otros dos. Ya casi ni respira, todos pendientes de su muerte que llega como había anunciado. Dos corazones permanecen, luchando por prevalecer uno sobre el otro, hasta que sólo queda uno, solitario y asustado.

Tac, tac, tac, tac… Poco durará su movimiento regular, como acechado por un viento invisible que amenaza con no soplar. Tac, tac, tac… Va notando la oscuridad que lo rodea, que lo abraza con su cálido manto soporífero, que lo acoge en su maternal seno. Tac, tac… Observa a sus compañeros, a sus noventa y nueve compañeros, que lo han abandonado a correr su misma suerte. Tac… Desesperado se lanza al abismo, se lanza a la resignación de su destino que le espera a la altura de la cuerda que se le agota.

Ya no se oye latir su corazón. Pronto dejará de oscilar. Va consumiéndose, va deteniéndose hasta que ya no puede hacer más que esperar a que suceda algo. Y sucede. Ya no escucha su corazón, ya va deteniéndose como los de sus noventa y nueve compañeros que lo rodean, que lo señalan con sus respectivas quietudes.

Ya apenas lo oigo. Ya enmudece en su balanceo menguante. Ya se detiene. Ya muere.

De http://permanecelapalabraescrita.blogspot.com/

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Cantos de sirena

Posted by Biblioteca Alange en febrero 16, 2010

Cantos de sirena
(Manuel Becerra)

 

                                                                                                                                                                                              

I

Oigo tu canto, sirena,
lo escucho quedo y con calma,
lo siento apoyarse en mi alma
con apariencia terrena.
Tu voz se me enrosca y llena
de paraíso mi oído.
Tras el disfraz del gemido
oigo tu voz que me canta,
y, sirena, en tu garganta
quedo en zozobra y herido.

 

 

II
Gemas de oro en tus cuerdas
me atan de piernas y manos
y con tus cantos tiranos
espero que no me pierdas
si en el camino recuerdas
que ya iba por mal sendero
desde antes que tu bolero,
desde antes que tú, sirena,
cantaras, ya estaba en pena
y perdido al aguacero.

 

 

 

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Visita a Madrid

Posted by lecturaalange en febrero 15, 2010

                 

             

                                                                      

Nicolás nos ha dejado estas fotos de su viaje a Madrid el pasado  fin de semana. Gracias por compartirlas con nosotros.

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