Blog de la Biblioteca Municipal de Alange

Espacio dedicado a difundir la actividad de la biblioteca y foro de discusión sobre la cultura en general.

Alfonso X, auctor

Publicado por Pedro Ferreira en enero 27, 2012

Porque trovar, Prólogo, Cantigas de Santa María
Alfonso X, auctor

Glosar en unos cuantos párrafos de blog la figura y significación de Alfonso X, nuestro rey Sabio, no es sólo una osadía imperdonable sino una empresa imposible. Me limitaré pues a esbozar algunas ideas que no por ser conocidas hace mucho están suficientemente divulgadas.

La Cultura como objetivo político

Puede asombrar visto de lejos ver figurar un rey del Medioevo como autor en los manuales de Historia de la Literatura. Y esto por varios tópicos al uso: la incultura generalizada de estos siglos, según el cual la persona culta está recluída en los monasterios y pertenece al clero, sería uno de ellos; la oposición estamental guerrero-hombre de acción/clérigo-hombre de cultura, sería otro. Fue Alfonso un príncipe con ideas adelantadas a su tiempo pero al mismo tiempo enmarcadas en ideas asentadas durante toda la Edad Media. Alfonso ve su papel regio como representante temporal del poder divino, en la misma línea que lo vieron Carlomagno o el gran Federico más tarde. De ahí su política social, su política territorial y su ambición por la corona del Sacro Imperio. Es Alfonso un príncipe con un proyecto político global en el que se incluye, con la misma idea de universalidad, la cultura: en la figura del “imperator” se unifican, como cabeza superior y más cercana al poder divino, los otros tres estamentos. Esta no es pues una inclinación personal sino un objetivo de gobierno, como lo fue el dotar a la monarquía de un control sobre el resto de los nobles o la anexión de Navarra. La gran diferencia entre Alfonso y otros grandes príncipes “universalistas” estriba quizás en que el éxito de su política cultural se opone radicalmente a su fracaso en las otras áreas de gobierno. Hay que recordar que Alfonso muere sitiado por su propio hijo Sancho en la ciudad de Sevilla en medio de una cruenta guerra civil y sin haber logrado ninguno de sus otros grandes proyectos.

Erudición o humanismo

El apelativo con el que se conoce habitualmente al rey Alfonso X  induce asímismo a pensar en un príncipe de saber enciclopédico con amplio dominio en todas las artes y ciencias. Sin embargo el espíritu del llamado “renacimiento” del siglo XII estaba en plena decadencia en Europa y fue muy relativo en la Península. ¿Es un antecedente del humanismo? ¿Se trata de un caso de erudición excepcional? Se enmarca el Rey Sabio en un contexto europeo donde se producen intercambios constantes entre las distintas cortes europeas, especialmente de poetas, trovadores y caballeros. Alfonso no es extraño a este ambiente cultural y participa él mismo, como otros grandes príncipes-trovadores, Guillermo de Aquitania, por ejemplo, activamente en ese movimiento. De ahí su obra lírica, Las Cantigas.
La novedad en Alfonso es concebir que toda actividad de la mente y todo conocimiento debe ser preservado como un bien superior y su difusión como un beneficio para los súbditos. Da Alfonso un paso más frente a otras cortes: reunir en torno a su cetro, no sólo a poetas y trovadores, sino también a quien tiene los conocimientos. En la Edad Media lo digno de ser preservado es lo digno de estar escrito. Hablamos del libro. Este se convierne en el instrumento fundamental de la actividad cultural de la carte en su doble función, tanto como fuente del saber como transmisor del mismo.
La labor fundamental de Alfonso X consiste pues en dar forma a su proyecto cultural aprovechando los cauces de su tiempo: el mecenazgo de la corte. No obstante, y eso es fundamental, este mecenazgo no es aislado e individual, como en el de los príncipes del Renacimiento, sino una decisión de Estado, institucional, una actividad más de gobierno dirigida por el propio rey. Además es un mecenazgo consciente, es decir con una clara selección de lo que interesa producir y preservar en interés del bien general. Se trata pues de un mecenas que sabe, con cultura, un príncipe intelectual formado en la cultura latina medieval, informado de la cultura árabe y, a juzgar por su legado, de un amplio espectro.

La “Escuela” de Toledo

El nombre con el que habitualmente se conoce la actividad literario cultural del rey Alfonso es pues una institución del Estado con todos los beneficios que se derivan de ello: dotación suficiente de medios y recursos, instalaciones, prestigio social, dirección en la planificación de objetivos… No obstante hay que pensar en el término en el sentido medieval, más cercano a los seminarios catedralicios que dieron lugar a las universidades.
Las dos primeras decisiones políticas fueron claves no sólo para la actividad del momento sino para el futuro tanto de la literatura como para el propio idioma: se trabajará en prosa, como se hacía ya en latín en los centros de cultura, continuando la corriente iniciada durante la época de su padre, Fernando III, y se vehiculará en la lengua vernácula vulgar, es decir en castellano. Los eruditos acogidos en esta corte literaria son expertos en lenguas de cultura (latín y árabe), así como las fuentes en las que beben, pero los productos elaborados en la misma estarán en castellano, de ahí el nombre de “Escuela de Traductores” con que se conoce la institución.
La importancia para el idioma se deduce de la misma actividad desarrollada: por vez primera los eruditos reunidos bajo el auspicio de Alfonso deberán tratar temas y cuestiones en castellano que anteriormente sólo se trataban en latín, con el impacto que ello presupone tanto en el enriquecimiento del léxico como en la fijación de giros sintácticos y la unificación bajo una norma común de las distintas variantes regionales. No en vano se trataba de una institución oficial y un instrumento del poder político.

La autoría o el equipo

La ingente actividad desarrollada en estos seminarios queda patente al comprobar la variedad de escritos y la multitud de obras firmadas por el príncipe sabio. Es controvertida la actividad directa de Alfonso en toda esta producción. El concepto de autor, tal como lo concebimos modernamente, como personalidad creadora consciente de su producto individual y celoso de él, no existía en la Edad Media. Baste recordar la cantidad de obras anónimas que circulan durante esos siglos y las dificultades filológicas para filiar algunas de ellas de innegable autoría individual. Por otro lado la mención de nombres en los textos no siempre indica autoría real: puede ser el copista, el recopilador…
“Aqui se comiença la Estoria de Espanna que fizo el muy noble rey don Alfonsso fijo del noble rey don Ffernando et de la reyna donna Beatriz”. Con esta frase da comienzo la conocida como Primera Crónica General de España, como la bautizó Menéndez Pidal, dando como autor de la misma a Alfonso X. Sin embargo cabe preguntarse sobre el sentido de “fazer” y sobre todo del sentido para un lector de la época. En los textos alfonsíes no históricos se mencionan algunos nombres de los traductores o “ayuntadores” (compiladores) mientras que en los textos de carácter histórico son escasas las menciones. Por otra parte las ilustraciones muestran al rey rodeado de sus colaboradores en posición preeminente lo que indicaría algún tipo de intervención.
Quizás el documento más directo sobre el concepto de autor de Alfonso X se encuentre en las propias palabras de la General Estoria: “El rey faze un libro, non por quel escriua con sus manos, mas porque compone las razones del, e las emienda, et yegua e enderesça, e muestra la manera de como se deuen fazer, e desi escriue las qui el manda, pero dezimos por esta razon que el rey faze el libro”. Este pasaje se enmarca además en la explicación de la escritura de la Ley por Moisés por mandato de Dios y continúa comparando el hecho de hacer un libro el rey a hacer un palacio o una obra. Se trataría pues de un uso metonímico: el rey manda hacer una obra, un palacio o un libro y “quien esto cumple, ha nombre que faze la obra”.
Por otro lado la heterogeneidad estilística de los textos alfonsíes y la antes citada nómina de traductores y recopiladores de algunos textos muestra que el trabajo desarrollado en los seminarios era una labor de equipo, de grupo, un resultado sintético, probablemente tras ponerse de acuerdo sobre el contenido y la fiabilidad de la fuente. Podría entenderse la obra final como una especie de acta del trabajo realizado por el seminario. Según el texto citado la función del rey sería la de coordinar el equipo y dirigir la actividad: señalar objetivos, unificar criterios, poner medios y recursos al alcance de los expertos y dar el visto bueno al producto final, incluida la redacción y el estilo. Benito Brancaforte lo asimila a un director de editorial moderno.

Una enciclopedia medieval

La única obra personal de Alfonso X es una colección de 420 poemas, escritos en gallego, conocida con el nombre de Las Cantigas. Este conjunto de cantos es de índole muy diversa aunque predomina el contenido religioso (Cantigas de Santa María). No faltan sin embargo el resto de géneros practicados por la escuela galaico-portuguesa: cantigas de amor, de maldecir, satíricas…
En cambio, la prosa desarrollada en la corte alfonsí y promovida por él se escribe enteramente en castellano, salvando los casos de doble traducción (la obra una vez vertida al castellano se retraducía al latín para hacerla circular en los medios cultos de la época). El plan diseñado por el “imperator litteratus” abarca contenidos eminentemente pragmáticos: normativa de la convivencia, desarrollo de la mente, ocupaciones prácticas y hechos históricos.
Las Partidas o Libro de las Leyes es un corpus jurídico que recoge simbólicamente en siete partes la regulación práctica de la actividad de los súbditos:
1. Las leyes en general y las canónicas en particular, incluidos los dogmas.
2. Las leyes civiles y el gobierno del reino.
3. La administración de justicia.
4. El matrimonio y los parentescos.
5. Relaciones comerciales.
6. Testamentos y herencias.
7. Los delitos y las penas.
El equipo alfonsí también trabajó en la composición de varios tratados científicos, con la restricción que este adjetivo tiene en el siglo XIII. Alfonso X puso especial atención en el estudio de los astros. Se rodeó de sabios árabes y judíos e hizo construir un observatorio en el castillo de San Servando de Toledo. De esta actividad surgen las Tablas Alfonsíes. Los Libros del Saber de Astronomía recopilan la teoría astronómica de Ptolomeo sobre los astros. En esta obra intervinieron eruditos árabes y judíos que también construyeron aparatos astronómicos con el fin de modernizar y poner al día los conocimientos de las fuentes árabes y hebreas. En el Libro de las Cruces se estudian las conjunciones de estrellas y sus efectos astrológicos. En el Lapidario se estudian las piedras preciosas y su relación con el Zodiaco. En el Setenario, además de ser un borrador para algunas partes de Las Partidas, se reflexiona sobre las artes y las partes del saber, es decir la ciencia en general.
También mandó Alfonso X componer Libros de ajedrez, dados y tablas, basados en tratados árabes y con la intención de que sirvieran de solaz y recreo útil de los súbditos y que supusieron la introducción de dichos juegos en Occidente.
No obstante, el mayor y más ambicioso proyecto de la escuela alfonsí fueron las dos obras históricas: la General Estoria y la Estoria de Espanna. El objetivo de Alfonso era narrar la historia de la humanidad desde su origen hasta su tiempo. Ambas obras tienen el mismo objetivo pero la primera como se deduce de su nombre incluye todos los pueblos mientras que la segunda se refiere a la historia peninsular. En ambas se parte de la historia bíblica, en lo que es la versión alfonsí del Antiguo Testamento. En la composición de estas obras se utilizaron, además de la Biblia, fuentes latinas, árabes y hebreas, así como crónicas precedentes (como la Historia Góthica del Toledano o el Chronicon Mundi del Tudense) pero lo más significativo para la Literatura en español es el uso de cantares de gesta como fuente casi copiados literalmente (Cantar de Zamora, Bernardo del Carpio, Infantes de Lara, Poema de Fernán González) lo que ha permitido estudiar la épica primitiva en castellano.
Se puede decir que Alfonso produce una obra que va de lo más general, los astros y el cielo, a lo más particular, los hechos históricos de su tiempo, en un afán sintetizador y con un espíritu enciclopédico, similar al que inspiró en el pasado las Etimologías a Isidoro de Sevilla o en el futuro L’Enciclopédie de Diderot y Voltaire.

¿Y entonces?

La significación de Alfonso X trasciende la de cualquier autor individual por importante que esta sea. El hecho de que su obra fundamental sea recapituladora y poco original no deja de ser un rasgo de época. El propósito fundamental es la utilitas: servir al hombre de su tiempo en un triple campo, la convivencia, su historia y su desarrollo intelectual y afectivo. Con ello logró otro propósito no programado: dotar al castellano de una prosa adecuada al contenido, con lo que ello supone de renovación en el léxico y la gramática.
Alfonso X tuvo la visión de la que han carecido la mayoría de gobernantes que en el mundo son y han sido. Supo ver que el futuro está condicionado por el saber, por el conocimiento, por el arte y por la cultura, fue capaz de darse cuenta de que para avanzar es necesario aunar esfuerzos, sumar puntos de vista, juzgar con amplitud de miras y valorar la contribución de otras culturas y fue capaz como nadie de coordinar este ingente esfuerzo cultural dotando medios y recursos suficientes para que la empresa tuviera éxito.

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FIESTA DE LAS CANDELAS 2012

Publicado por Biblioteca Alange en enero 24, 2012

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CONCURSO DE CARTELES DE CARNAVAL DE ALANGE 2012

Publicado por Biblioteca Alange en enero 24, 2012

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La tristeza según Aleixandre

Publicado por Pedro Ferreira en enero 18, 2012

Tristeza o pájaro 
Esa tristeza pájaro carnívoro;
la tarde se presta a la soledad destructora;
en el vano el río canta en los dedos o peina,
peina cabellos, peces, algún pecho gastado.

Esa tristeza de papel más bien basto;
una caña sostiene un molinillo cansado;
el color rosa se pone amarillo,
lo mismo que los ojos sin pestañas.

El brazo es largo como el futuro de un niño;
mas para qué crecer si el río canta
la tristeza de llegar a un agua más fuerte,
que no pueda comprender lo que no es tiranía.

Llegar a la orilla como un brazo de arena,
como niño que ha crecido de pronto
sintiendo sobre el hombro de repente algún pájaro.
Llegar como unos labios salobres que se llagan.

Pájaro que picotea pedacitos de sangre,
sal marina o rosada para el pájaro amarillo,
para ese brazo largo de cera fina y dulce
que se estira en el agua salada al deshacerse.

Vicente Aleixandre, La destrucción o el amor, Losada, Buenos Aires, 1954, pp. 65-66.

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Kees van Dongen. La imagen de nuestras vidas.

Publicado por Francisca Zurita en enero 17, 2012

“Bailar en la cuerda floja” (1910), Kees van Dongen (1877-1968)

   Cuando la funambulista realizaba su número circense desplazándose con pies cadenciosos sobre la fina cuerda a la que parecía acariciar con las suelas de sus zapatillas de baile, pensó que si había algo que le procuraba una exagerada sensación de seguridad, de certidumbre, de profundísima familiaridad era precisamente el hecho de encontrarse en la cuerda floja.

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Calendario de actividades 2012 – Asociación senderista y cultural ” Pata del buey”

Publicado por Biblioteca Alange en enero 16, 2012

 

 

 

 

 

El pasado 13 de enero se presentó el primer calendario de actividades de esta joven asociación.
Contiene un total de 28 eventos, de los cuales 21 son rutas de campo y 6 culturales. Pueden descargarlo, imprimirlo y tenerlo siempre a mano pues todos los meses hay algo que hacer, actividades muy variadas y para todos los gustos.


La Directiva

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Concepción Arenal – Mujeres en la historia

Publicado por Biblioteca Alange en enero 16, 2012

 

 

 

 

      Ha llegado a nuestro oídos que  la actriz Blanca Portillo va a protagonizar una serie en TV sobre la vida de la escritora y socióloga gallega Concepción Arenal, y hemos pensado que quizá os pueda interesar este reportaje de TVE que sobre la autora hemos encontrado en los documentales de la 2: Mujeres en la historia, Concepción Arenal. Pinchad sobre el siguiente enlace para ver el vídeo.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/mujeres-en-la-historia/mujeres-historia-concepcion-arenal-fuerza-ideal/823665/#aHR0cDovL3d3dy5ydHZlLmVzL2FsYWNhcnRhL2ludGVybm8vY29udGVudHRhYmxlLnNodG1sP3BicT0yJm1vZGw9VE9DJmxvY2FsZT1lcyZwYWdlU2l6ZT0xNSZjdHg9MzM0NzImYWR2U2VhcmNoT3Blbj1mYWxzZQ==

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Predicciones para el próximo año – Con humor

Publicado por Biblioteca Alange en enero 13, 2012

Fuente:http://www.dosisdiarias.com/

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Stefan Zweig – Biografía y obra

Publicado por Biblioteca Alange en enero 13, 2012

       Una vez terminado el libro Las olvidadas de Ángeles Caso, damos paso a la siguiente lectura, Veinticuatro horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig. La siguiente página os ofrece una visión bastante completa de la vida y obra de este autor austriaco. Esta tarde, en la reunión del Club de Lectura, hablaremos de su biografía y nos introduciremos en la variedad de su obra.

       Además del libro que vamos a comentar en el Club de Lectura, en la biblioteca disponéis también de otro libro de este mismo autor que acabamos de adquirir y cuyo título es Momentos estelares de la humanidad.

http://www.stefanzweig.eu/     Pinchad aquí para abrir la página sobre Stefan Zweig.

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La necesidad de la literatura – Emilio Lledó

Publicado por Biblioteca Alange en enero 13, 2012

 

 

EMILIO LLEDÓ  
 
EL PAÍS | Cultura – 21-12-2002
 

 

Si nos acostumbramos a ser inconformistas con las palabras, acabaremos siendo inconformistas con los hechos. Ambas actitudes son, sin embargo, formas de libertad. Y la libertad no admite conformismo alguno. Vivir, para los humanos, sobre todo en nuestros tiempos, ha sido siempre una sucesión de conformidades, de aceptaciones y sumisiones. Aceptamos el lenguaje; aceptamos, con él, sentidos, referencias y todo ese monótono universo de ecos que los medios de transmisión de imágenes, sonidos y letras codifican y propagan. Esta abundancia de comunicaciones ofrece, sin duda, una extraordinaria posibilidad de enriquecimiento, de amplitud y libertad; pero también, por los intereses políticos que las dominan y orientan, pueden hacer que la inteligencia resbale por significaciones y perspectivas, para embotarse y enajenarse. Porque los cauces por los que confluyen las imágenes y las palabras nos conforman a sus semejanzas -a las determinadas semejanzas que nos agobian- y nos hacen conformistas. Ser conformista supongo que debe querer decir algo así como conformarse con lo que hay e, incluso, aceptar que “no hay quien dé más”. Pero conformarse añade también otro matiz. Conformarse es perder, en parte, la forma propia, para sumirse, liquidarse, en la ajena. Y esa pérdida de la propia forma, si es que la tenemos, si es que, como decía el filósofo, “hemos llegado a construir nuestra propia estatua”, es pérdida de ser, pérdida de la sustancia que nos pertenece o nos debiera pertenecer, para derramarla hacia cauces ajenos.

A veces esta pérdida de sustancia tiene origen en la opacidad de cada consciencia individual, donde sólo el lenguaje interior con el que acompañamos a cada uno de los instantes de la vida presta la suficiente luz para reconocernos y explicarnos. Pero este lenguaje que nos constituye y nos conforma, en una época tan abundante de monótonos mensajes y tan retumbante de comunicaciones, puede, efectivamente, conformarnos con desvirtuadas virtualidades que colaboran al creciente oscurecimiento de la consciencia. Y esa falta de luz es, al mismo tiempo, falta de libertad. Tal vez, por las resonancias marxistas -hoy tan olvidadas-, apenas utilizamos el concepto de “alineación” (entfremdung) para expresar un constante fenómeno de la cultura contemporánea.

Esa excesiva información que los medios de comunicación nos ofrecen, a través de sus distintos lenguajes, colabora, muchas veces, a encastillarnos en un reducto donde emergen nuestros miedos, nuestras alimentadas obsesiones; donde aparecen también los “imaginarios” con los que esos medios elaboran la sustancia de la realidad en los derroteros de intereses económicos: intereses de poder. Nunca ha sido más arrolladora la maquinaria para crear alienación, para aniquilar. Alienación quiso decir, en toda la historia del idealismo alemán, desde Guillermo de Humboldt, la disolución del vigor intelectual y sentimental de la cultura en un conglomerado de tensiones, obsesiones, ideas y realidades insustanciales que nos vacían y cosifican.

Nos convertimos así en pequeños bloques ideológicos o, mejor dicho, en insignificantes maquinarias a las que incorporamos, como si realmente fuesen estímulos mentales, una serie de estereotipos virtuales sin idealidad y libertad. Lenguajes falsos, pues, que nos llenan con la terrible lógica de la falsedad. Porque esa lógica se hace de los retazos que sostienen pasiones egoístas, soluciones incompletas a los problemas de la vida y de la sociedad. Una lógica de la incoherencia que, sin embargo, cohesionamos con los quebrados fragmentos de la “publicidad” política e ideológica que nos sirven, efectivamente, para la total enajenación. Todo esto nos conduce a un hecho fundamental de la sociedad de nuestros días. Los individuos que componen esa sociedad no pueden ser personas, seres autónomos y reales, si no tienen posibilidad de desarrollar su propio pensamiento por muy modesto que sea. Un pensamiento que sólo se nutre de libertad.

La lectura, los libros, son el más asombroso principio de libertad y fraternidad. Un horizonte de alegría, de luz reflejada y escudriñadora, nos deja presentir la salvación, la ilustración, frente al trivial espacio de lo ya sabido, de las aberraciones mentales a las que acoplamos el inmenso andamiaje de noticias siempre las mismas, porque es siempre el mismo nuestro apelmazado cerebro. Los libros nos dan más, y nos dan otra cosa. En el silencio de la escritura cuyas líneas nos hablan, suena otra voz distinta y renovadora. En las letras de la literatura entra en nosotros un mundo que, sin su compañía, jamás habríamos llegado a descubrir. Uno de los prodigios más asombrosos de la vida humana, de la vida de la cultura, lo constituye esa posibilidad de vivir otros mundos, de sentir otros sentimientos, de pensar otros pensares que los reiterados esquemas que nuestra mente se ha ido haciendo en la inmediata compañía de la triturada experiencia social y sus, tantas veces, pobres y desrazonados saberes.

La literatura no es sólo principio y origen de libertad intelectual, sino que ella misma es un universo de idealidad libre, un territorio de la infinita posibilidad. Los libros son puertas que nadie podría cerrarnos jamás, a pesar de todas las censuras. Sólo una censura sería realmente peligrosa: aquella que, inconscientemente, nos impusiéramos a nosotros mismos porque hubiéramos perdido, en la sociedad de los andamiajes y los grumos mentales, la pasión por entender, la felicidad hacia el saber.

Toda verdadera liberación, todo gozo de vivir y de sentir, empieza en nuestra mente. Y esa mente, parte ideal de nuestro cuerpo en la prodigiosa red de sus neuronas, requiere también alimentación y sustento. Las palabras son la sustancia de las que la inteligencia se nutre. Y esas palabras vienen engarzadas en la original sintaxis de la literatura. Un mundo hecho lenguaje, argumentado y construido desde un infinito espacio donde todo el decir, todo el sentir, es posible. Pero un mundo, además, que, en su soledad, en su maravillosa inocencia y libertad, ya nadie manipula, nadie tergiversa, nadie puede ya falsear y alterar.

Las palabras de la obra literaria están libres también de todo compromiso con los latidos del presente, con los desgarros de la pragmacia, con las insinuaciones del oportunismo y de la doblez. Pero, al mismo tiempo, nos comprometen con un mundo más hermoso -quiero decir de “formas” más claras-, con el mundo ideal de los sueños en su múltiple, dispar, idealidad de sus inacablables propuestas. La literatura nos enseña a mirar mejor este mundo de las cosas aún no bien dichas, estos contornos históricos inmediatos de los balbuceos políticos, de los apaños para justificar el egoísmo envilecido, de las trampas para conformarnos a vivir con la desesperanza de que lo que hay ya no da más de sí.

Basta haber sentido alguna vez hablar, a través de la escritura, a nuestros clásicos, a los clásicos del siglo XX y de todos los siglos, para entender qué quiere decir tan sorprendente y extraña palabra. Suponemos que su clasicismo tiene que ver con una llamada de atención para que despertemos de las oscuras pesadillas diarias. En la etimología de “clásico” está tanto el significado de Clarín que nos convoca y aviva, como el de ciudadano de primera clase, el de orden; pero también el de modelo. Un modelo que no está, sin embargo, ante nuestros ojos para imitar comportamientos o actitudes. El carácter modélico de los clásicos, capaces de superar el tiempo y de sobrenadar a todas las interpretaciones que sobre ellos se hagan, consiste, precisamente, en hacer vivir, en incorporarse, desde la inalterable página de la escritura que la sostiene, al latido del corazón de cada lector. Un latido que es efímero, que es tiempo, pero un tiempo que, desde la aparente frialdad de páginas que superaron los siglos o los años, adquirieron, por ello, una cierta forma de pervivencia, que se encarna, de nuevo, en el cuerpo y en el aire que respira el lector.

Tendríamos que agradecer a todos esos escritores que nos acompañan, en el siempre breve espacio de nuestra vida, el que nos hayan entregado sus palabras que construyen una humana manifestación de eternidad. Una eternidad que no promete otra existencia más allá de las fronteras de cada vida y que, en el gozo de leer, en las horas de lectura, nos deja esquivar las paredes del tiempo y acariciar en los silenciosos murmullos de las letras, las espaldas de no sé bien qué especie de inacabada amistad.

El lenguaje fue, como es sabido, lo que empezó a distinguir al animal humano de todos los otros animales próximos a él. Un lenguaje que, además de comunicación y comprensión, creó también sensibilidad, emociones, pasiones, desde el complejo entramado de la realidad corporal. Pero las palabras, fuente de abstracción y solidaridad, se fueron ciñendo al territorio de las primeras e inmediatas experiencias, a lo que los ojos veían y las manos tocaban, condicionadas a la dureza del vivir, a la necesidad de sobrevivir: “mañana lloverá”, “tengo sed”, “la cosecha es buena”, “quiero comprar tu escudo”.

En un momento, sin embargo, de esa cultura de la realidad, alguien pronunció ante sus oyentes, con el ritmo pausado del hexámetro: “Canta, Musa, la cólera de Aquiles”, y no existía Musa alguna que cantase, ni siquiera Aquiles alguno que se pudiera encolerizar. Y no era la Musa la que cantaba, sino el hombre que decía esos versos, que nos harían emocionar con ellos y pensar, de paso, que las palabras solas eran el origen de esa emoción. Al no podernos conformar a ninguna experiencia pragmática, ese lenguaje nos enseñaba que oír, leer, interpretar se desplazaban ya a un dominio donde la naturaleza del “animal que habla” construía y afianzaba su posibilidad, su liberación y, en definitiva, su humanidad.

 

 Fuente: http://www.redeseducacion.net/literatura1.htm

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